Esas palabras hicieron que Nelson frunciera el ceño de inmediato.
—Abuela, ¿por qué vuelves a hablar mal de ella? Fui yo quien cometió una imprudencia y por eso tuve el accidente. ¿Qué tiene que ver ella en esto?
Su voz sonaba áspera, reseca, cargada de agotamiento y fastidio.
La noche anterior, al marcharse de la casa de Silverio, su mente era un completo caos. Al tomar una curva sin prestar atención, terminó estrellándose contra la barrera de seguridad.
Se había lesionado el brazo en el impacto, aunque por suerte no hubo fracturas.
—¿Crees que me da gusto hablar de ella? —La voz de Daniela se tornó aún más aguda—. No cuidas de ti mismo. Tu hermano ya no está con nosotros. Si te llega a pasar algo, a mí me vas a matar de un disgusto...
—Abuela, ¡basta ya, guarda silencio!
Nelson cerró los ojos, fastidiado. El solo hecho de escuchar a otros mencionar su nombre le provocaba dolor de cabeza.
Daniela se quedó sin palabras. Su nieto siempre solía darle la razón, casi nunca le contestaba de esa forma.
Pero, apenas recuperó la conciencia, el primer instinto de Nelson fue buscar su teléfono. Ese brusco movimiento hizo que el dolor en su herida estallara, dejándolo pálido.
Daniela no pudo ocultar su preocupación.
—¡Te dije que no te movieras! Casi te rompes el brazo. ¡Si necesitas algo, solo pídelo!
Nelson estiró el cuello, buscando a su alrededor.
—¿Dónde está mi teléfono?
Yadira se acercó rápidamente y abrió el cajón de la mesa de noche.
—Cuando la enfermera te cambió la ropa, sacó las cosas de tus bolsillos y yo te lo guardé aquí.
Nelson tomó el celular con urgencia. Tras revisar la pantalla y no encontrar lo que buscaba, se recostó nuevamente, sin poder ocultar su decepción.
—Quiero descansar. Por favor, salgan de la habitación.
Daniela todavía quería conversar un rato más con él, pero Yadira intervino con dulzura para tranquilizarla.
—No se preocupe, abuela. Yo me encargaré de cuidar a Nelson.

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