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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 294

La familia Dimas siempre había sido de clase media.

Tenían una pequeña empresa, su madre administraba una papelería y contaban con un par de propiedades.

¡Incluso con Domingo hospitalizado por cáncer, los gastos médicos no habrían sido tan altos!

Mariana lloraba sin consuelo mientras intentaba explicarse.

—¡Se los he dicho mil veces! Ese infeliz de Domingo mantenía a una amante y hasta tiene una hija no reconocida. Seguro les entregó todo el dinero a ellas. ¡Nosotras no tenemos nada!

Pero el hombre no le creyó en absoluto.

—He preguntado a muchas personas y nadie me ha dicho que tuviera otra mujer. Todo eso es un invento tuyo para engañarme.

Lo cierto era que Domingo había sabido ocultar a la perfección la existencia de Yadira y su madre durante todos esos años.

¡Ni siquiera los prestamistas habían podido descubrir su doble vida!

Por lo tanto, el desastre que dejó tras su muerte recayó directamente sobre los hombros de su esposa e hija legítimas.

Ivana fue bajada de las cuerdas y alguien se encargó de detener la hemorragia de su cuello.

Al final, si moría, no valdría ni un solo centavo para ellos.

Alguien le aplastó el rostro contra el frío y áspero suelo de cemento, desgarrándole la ropa de forma violenta.

Los flashes de las cámaras estallaron una y otra vez en medio de la penumbra, cegándola por completo.

La impotencia y la desesperación se aferraron a su pecho, impidiéndole respirar.

El hombre que la miraba desde arriba mantenía una expresión fría mientras escupía palabras tan venenosas como crueles.

—Obedece y paga lo que debes. Solo así estas fotografías no saldrán a la luz. De lo contrario, tus familiares, tus colegas y tu noviecito te verán en este estado.

Más tarde, al hacer la denuncia formal, la policía logró capturar a uno de los cómplices. No obstante, Ivana jamás supo cuántas copias se habían hecho de aquellas imágenes.

Era un secreto que no se atrevió a confesarle a nadie.

¡Ni siquiera a su novio de entonces, Nelson!

Aquel hombre que le regalaba miradas llenas de ternura y que siempre le decía: «Estoy aquí, no te preocupes».

Temía que, de saberlo, la forma en que él la miraba cambiara por completo.

Temía que dejara de abrazarla con la misma calidez de siempre, o que sus ojos se llenaran de lástima y distanciamiento.

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