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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 292

Como si quisiera confirmar las palabras de Lionel, la mujer se despertó sobresaltada, frotándose los ojos y empujando su gorrito azul hacia atrás.

¡Era Gilda!

Días atrás, mientras iba de compras con Ivana, le pareció tan bonito el gorro de lana que la joven había comprado que insistió en adquirir uno idéntico para que ambas tuvieran prendas a juego.

La tensión en los músculos de Nelson desapareció de inmediato, pero las venas de su frente seguían palpitando y le zumbaban los oídos.

No supo cómo ni en qué momento soltó el brazo de la joven. Solo podía ver cómo ella movía los labios, pareciendo soltarle una sarta de maldiciones.

Por muy buen carácter que tuviera Silverio, no iba a tolerar un altercado así, de modo que le lanzó un puñetazo directo al rostro.

En circunstancias normales, un golpe así jamás habría rozado a Nelson, pero en ese instante se encontraba completamente desorientado.

Por suerte, Lionel estaba a su lado. Se adelantó rápidamente para proteger a Nelson y terminó recibiendo el golpe en su lugar.

Lionel sabía muy bien que no debía esquivarlo, o las consecuencias de esa confrontación serían mucho peores.

—Señor Mayén, le ruego que disculpe lo ocurrido esta noche. El señor Nelson simplemente la confundió con otra persona. ¡Lamentamos mucho haberlos importunado a usted y a su hermana!

Silverio frunció el ceño y observó detenidamente a Nelson. Al notar que su mirada estaba vacía y desenfocada, hizo un gran esfuerzo por contener su ira.

—Ivana pidió unas largas vacaciones en la empresa. No tengo la menor idea de adónde fue, ¡así que no vuelvas a buscarla aquí!

Lionel no paraba de disculparse. Al fin y al cabo, había sido formado por la familia Zavala, y a pesar de su juventud, sabía manejar este tipo de imprevistos con absoluta diplomacia.

Sin embargo, justo cuando empezaba a sentir un atisbo de alivio, escuchó el motor de un auto encendiéndose a sus espaldas.

Nelson había subido a su vehículo solo. Sin siquiera dirigirles una mirada, pisó el acelerador a fondo y se marchó a toda velocidad.

El rostro de Lionel palideció del susto. Corrió tras él, gritando a todo pulmón:

—¡Señor Nelson, deténgase! ¡No está en condiciones de conducir!

Nelson condujo rumbo al este, atravesando aquella ruta que conocía de memoria.

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