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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 269

Después de pedir comida a domicilio, Nelson subió las escaleras con la intención de llamar a Ivana para cenar, pero descubrió que ya se había quedado profundamente dormida.

¡Y para colmo, seguía abrazando a ese perro callejero!

Se quedó de pie en el umbral por unos minutos, luego cerró la puerta en silencio y bajó a comer solo. Al terminar, regresó a la habitación, se acostó junto a Ivana y, antes de cerrar los ojos, empujó sutilmente al perro hacia un lado con el pie.

Así de monótona y silenciosa transcurrió su noche de Fin de Año.

Durante los días siguientes, Nelson no intentó obligarla a volver a Villa Nevada; simplemente se instaló con ella en Residencial Valle de Ónix. Como ambos estaban de vacaciones y no tenían ganas de salir de casa, la convivencia fue extrañamente pacífica.

Ivana, en particular, estuvo más tranquila que nunca y no buscó pelear con él en ningún momento.

Sin embargo, Nelson seguía siendo médico. A pesar de sus vacaciones, si el hospital reportaba una emergencia grave, tenía que salir corriendo sin excusas.

Ivana aprovechaba sus ausencias para escabullirse a comprar cosas. Eventualmente, Nelson notó que salía demasiado y le preguntó qué tanto hacía.

Ella solo le respondió que estaba ocupada comprándole una cama nueva y croquetas a Billete, ¡además de que tenía que llevarlo al veterinario a desparasitar!

Todo siguió su curso hasta que el cinco de enero, Ivana hizo algo completamente inesperado: lo invitó a salir. Le dijo que quería ir al cine con él.

Nelson no podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Tienes algún compromiso hoy? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

Él negó rotundamente con la cabeza.

—No, estoy libre.

Ivana asintió y sacó dos boletos de cine del bolsillo.

Nelson los tomó, confirmando que no le estaba mintiendo. De verdad había comprado las entradas con anticipación. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios; se puso el abrigo enseguida y salió junto a ella.

Mientras caminaban cerca de la entrada del cine, el supermercado de la esquina detonó una enorme tira de cohetes sin previo aviso.

Hubo un destello cegador y luego un estruendo ensordecedor, seguido de una lluvia de papel rojo quemado.

Nelson se quedó paralizado por la sorpresa.

En ese instante, unas manos pequeñas y cálidas se posaron con firmeza sobre sus oídos desde atrás. Eran manos familiares que bloquearon de inmediato la mayor parte del estruendo.

Nelson se quedó sin aliento. Giró la cabeza y se encontró con la mirada serena de Ivana.

Ella se había puesto de puntillas para cubrirle las orejas, mientras solo ladeaba un poco la cabeza para protegerse a sí misma del ruido.

Desde aquel accidente automovilístico, Nelson había quedado con secuelas en los oídos.

Pero como Ivana llevaba más de seis meses ignorándolo y tratándolo con absoluta frialdad, Nelson creyó por un momento que estaba alucinando. De no ser por el tacto inconfundible de sus palmas, habría jurado que seguía borracho desde la otra noche.

Cuando los cohetes dejaron de sonar, Ivana retiró las manos y le dedicó una leve sonrisa.

—¿Estás bien?

El corazón de Nelson empezó a latir a toda velocidad.

—Sí, no es nada —murmuró.

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