La mirada de Nelson se fue oscureciendo y volviendo gélida con cada segundo que pasaba.
Pero Ivana no se detuvo:
—Nelson, haya sido amor de verdad o una simple ilusión, al final llevamos muchos años de conocernos. Lo mejor es que terminemos esto por las buenas. Desde el principio no pertenecíamos al mismo mundo, ya no tiene caso seguir forzando las cosas.
Nelson la miró a los ojos. Esa mirada cristalina y profunda de Ivana... Cada palabra que salía de sus labios sonaba calmada y suave, pero para él eran cuchillas afiladas que amenazaban con perforarle los tímpanos.
—Ivana, ¡has cambiado! —soltó él, conteniendo a duras penas el temblor de su voz, cargada de un resentimiento casi imperceptible.
Ivana se quedó en silencio un momento antes de responder.
—¿Te refieres a mi mirada? ¿Acaso esperabas que te siguiera mirando con devoción y amor infinito? ¿O que siguiera teniendo esperanzas en ti como antes? Todos cambiamos, ¡y considero que mi cambio es un gran paso adelante!
El rostro de Nelson se ensombreció aún más. La miraba fijamente, como si estuviera a punto de estallar. El hecho de que la mujer frente a él no dejara de usar la palabra «antes» se sentía como una bofetada constante, un recordatorio cruel de que todo aquello ya era cosa del pasado.
—Ivana, ¿te acuerdas de lo que me dijiste aquella vez que despertaste en el hospital después de cortarte las venas? ¿Recuerdas lo que respondiste cuando te pregunté por qué lo hiciste?
Ivana apretó los labios. Por supuesto que lo recordaba.
Había dicho: «Nelson, soy tu esposa, ¡y lo seré toda la vida! Si te atreves a dejarme sola otra vez, ¡te juro que me mato para que lo veas!».
Desde ese día, Nelson ya no se atrevió a dejar de dormir en casa. Ella había usado su propia vida como moneda de cambio, apostando a que a él le dolería demasiado verla morir.
Al principio creyó que había ganado la apuesta, pero no tardó en darse cuenta de su grave error.
Nelson simplemente había encontrado otra manera de castigarla. Nunca imaginó que aquel hombre de pocas palabras fuera capaz de escupir tanto veneno.
En aquel entonces, Ivana se convenció de que los insultos no importaban, creyendo que él solo estaba enojado con ella. Pero cuatro años después, su perspectiva había cambiado por completo.
—Sí, he cambiado —admitió sin titubear—. Antes te amaba, ¡ahora ya no!
Nelson tenía razón, había cambiado. ¿Pero qué otra opción quedaba? El amor era impredecible. Cuando te amaba, estaba dispuesta a dar su vida por ti; pero cuando el amor se acaba, no hay fuerza en el mundo capaz de retener a quien quiere irse.
El cuerpo de Nelson se paralizó, como si lo hubieran petrificado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado