—¡¿Qué?!
Martina, que estaba sentada, se paró de un salto como si tuviera un resorte.-
Ignorando su reacción exagerada, Erika sacó de su bolso el estudio del hospital, lo dejó sobre la mesa de centro y añadió:
—Además, estoy embarazada. Tengo dos meses.
—¡¿Qué?!
Martina soltó otro grito de pura incredulidad.
—Erika, ¡¿te volviste loca?!
Con las manos temblorosas, agarró el ultrasonido para verlo de cerca.
—A ver... déjame asimilar esto. Divorcio, te vas sin un peso, y con todo y bebé. No, no, no, Erika, perdiste la cabeza. Ese Valerio es peor basura de lo que pensaba. ¡Se está pasando de lanza contigo!
—Marti, relájate —la interrumpió Erika con voz calmada—.
—Él fue quien me pidió el divorcio, pero fui yo la que decidió irse sin nada. ¿El bebé? Hace dos meses llegó borracho. Si le hablas del embarazo... seguro ni se acuerda de que estuvimos juntos.
Aquella noche él había tomado, pero ella no sabía qué tan mal estaba.
Lo que sí sabía es que esa había sido la única vez que la besó y que intimaron en todo el matrimonio.
Y a la mañana siguiente, él ya no estaba a su lado.
Después de eso, volvió a ser el mismo hombre distante de siempre, actuando como si esa noche no hubiera pasado absolutamente nada.
Erika recordaba que cuando recién se casaron, aunque él no la tocaba, al menos compartían la recámara y la misma cama.
Pero poco después, empezó a irse a dormir al cuarto de huéspedes, a su estudio, o de plano ni siquiera llegaba a la casa...
Se le quebró un poco la voz al decir eso, pero la debilidad se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.
—Marti, quiero empezar de cero mi vida. No quiero volver a escuchar nada que tenga que ver con él. No vayas a buscarlo; ya firmé el acuerdo y mañana temprano voy al Registro Civil.
—Pero... —Martina todavía quería hacerla entrar en razón.
—¡Marti!
Erika la interrumpió de nuevo, esta vez con firmeza.
Martina se quedó callada, viéndola fijamente por un buen rato, hasta que notó que en los ojos de Erika había una determinación absoluta.
Dejó escapar un suspiro larguísimo, le dio un golpecito al ultrasonido y dijo con un tono paternal:
—Sale, sale. Ay, amiga, sigues siendo la misma de siempre. Pareces un pan de Dios, pero cuando se te mete una idea en la cabeza, no hay poder humano que te detenga. Lo mismo pasó con la boda, yo te dije que no, y tú... en fin, ya no digo más. ¿Qué planes tienes? Dime en qué te ayudo.

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