Tras salir de la escuela, Erika y los demás llegaron a la casa.
Los tres niños la rodearon. Alma ladeó la cabeza y le preguntó:
—Mami, ¿no nos habías dicho que cuando saliéramos teníamos que guardar el secreto de que eres nuestra mamá?
Los otros dos mocosos asintieron de inmediato:
—¡Sí, mami!
La pregunta le pegó a Erika directo en el pecho y sintió un nudo en la garganta.
Incluso llegó a odiarse a sí misma. Solo había estado pensando en huir de los problemas para estar tranquila, pero nunca se había detenido a pensar en ellos.
De por sí ya era duro que no tuvieran papá, y ahora resulta que tampoco podían decirle "mamá" a la única figura que les quedaba.
Se agachó para abrazarlos con fuerza y, con tono suave, empezó a inventar un cuento:
—Ay, mis amores... es que todo era una prueba. Quería ver si podían seguirle el juego a mami, para ver si podían guardar un secreto y si cumplían nuestras promesas...
Después de darles esa explicación, Erika les sonrió de oreja a oreja y levantó el pulgar:
—Y bueno, me di cuenta de que mis bebés son unos campeones, ¡porque lo hicieron a la perfección!
Thiago la miró y preguntó:
—Entonces... mami, ¿ya te podemos decir mami cada vez que salgamos?
Erika notó la emoción en los ojitos de los tres, pero no les contestó de golpe. En su lugar, preguntó con dulzura:
—A ver, ¿acaso mis chiquitos no son ya todos unos artistas? Siendo famosos, ¿no creen que tenemos que escondernos de los fans?
Los tres asintieron muy obedientes.
Erika les despeinó el cabello a cada uno, muerta de amor.

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