—¡Entonces júralo con el dedo chiquito! —aceptó Alma sin darle más vueltas.
—¡Con el dedo chiquito!
La verdad es que los niños tan chiquitos no saben guardar rencor. Un minuto se están peleando y al siguiente ya son mejores amigos.
Pero los adultos son un cuento muy diferente.
Martín arrastró los pies hasta quedar frente a Erika, extendió una de sus manos regordetas y mostró la clásica sonrisa falsa de los negocios:
—Qué buena educación le ha dado a sus hijos, señora Romero. Tomaré nota. Si se puede saber, ¿cuál es su nombre?
Erika lo barrió con la mirada y respondió seca:
—Mi nombre es señora Romero. Con su permiso.
Se dio la media vuelta, se despidió de la directora y de los maestros con un apretón de manos, y se fue de la oficina junto a los niños, Leonardo y Amelia.
Martín salió justo después, con la cara descompuesta del coraje. Cristina caminaba a su lado, masticando su propia rabia.
Él no perdió tiempo para reclamarle:
—¿Qué clase de pendejadas estuviste diciendo hoy? ¿Sabías que el pleito fue con los del "Club Caramelo" y aún así me trajiste a armarles un pancho? Esa gente no es como la gente de quinta con la que sueles pelearte, a ellos no les puedes montar tu escenita así como así.
Cristina tampoco se quedó callada:
—¿Y ya con eso estás feliz? ¿Obligar a tu propio hijo a humillarse pidiendo perdón te hace sentir mucho orgullo?
Martín le gritó:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón