—Valerio, esto es imposible... no puede salir negativa. Son tuyos, los niños son tuyos. Seguro... seguro hubo un error en alguna parte, tiene que ser eso.
Erika repetía estas palabras una y otra vez, lanzándole miradas nerviosas a Valerio.
Habría sido mejor no mirarlo. Al cruzar miradas, sintió el peso helado de sus ojos sobre ella.
Él la observaba inmóvil, con una frialdad que la hizo sentir completamente sentenciada.
Erika tembló y volvió a clavar la vista en el documento.
Intentaba reprimir la angustia y el terror que le habían causado las palabras de Valerio.
¿Por qué los resultados decían eso?
Él mismo había contratado a los especialistas, debían ser profesionales, no tendría que haber margen de error.
¡¿Por qué diablos decía que no había parentesco?!
Mientras su mirada iba y venía entre el hombre y el papel, vio que él daba media vuelta y caminaba hacia la puerta.
A Erika se le detuvo el corazón.
¡Acababa de decirlo! ¡Había dicho que iba a matar a sus hijos!
¡Ese infeliz estaba loco, era capaz de cualquier cosa!
Con ese pensamiento en mente, corrió para cortarle el paso y le suplicó con voz temblorosa:
—¡Valerio, esto no es cierto, hay un error en los resultados! ¡No te pido que me creas, pero no puedes hacerle daño a mis bebés!
Su voz sonaba rasposa y ahogada. Parecía una advertencia, pero por su tono bajo, sonaba más bien a una súplica.
Valerio se detuvo lentamente. Con los ojos entrecerrados y una mirada cortante, la vio desde arriba y soltó con frialdad:
—Erika, las personas mienten; la ciencia, no.
Dicho esto, levantó el codo y la empujó a un lado sin ningún miramiento.


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