Erika soltó un suspiro de pura frustración.
Pensó para sus adentros: ¿cómo era posible que hubieran vuelto al tema de anoche?
¿De verdad estaba aferrado a dejarla encerrada ahí?
Mientras Erika se sumía en su molestia, la empleada que estaba al lado intervino, dudando un poco:
—Señora, ya que regresó, no se vaya. Las peleas de pareja son de lo más normal. Mire el brazo del señor Ramírez, le volvieron a cambiar la venda porque anoche él...
—¿No tienes nada qué hacer?
El grito tajante de Valerio cortó las palabras de la mujer.
La empleada dio un brinco del susto, agachó la cabeza de inmediato y se deshizo en disculpas:
—Perdón... discúlpeme, hablé de más. Me retiro a hacer mis cosas.
Dicho esto, la empleada salió corriendo como si estuviera huyendo por su vida para evitar un castigo mayor.
Erika le dio vueltas a lo que la mujer dejó a medias y en su mente revivió las escenas de la noche anterior.
De golpe, dedujo que la persona que la había llevado del sofá a la cama probablemente había sido Valerio.
Esa suposición corrió como pólvora por su mente, y Erika no pudo evitar sentir una ola de nerviosismo tardío.
En el pasado, quizás habría pensado que era de lo más romántico que él la llevara a la cama mientras dormía.
Pero ahora, lo único que le daba pánico era pensar que él pudiera aprovecharse de que estaba dormida para llevarla a un hospital a operarla.
El silencio pesado duró un buen rato hasta que Erika lo rompió:
—Solo me voy a quedar aquí hasta que salgan los resultados de la prueba de ADN. Por el hecho de que alguna vez estuvimos casados, voy a ser generosa y te daré esa prueba para que te quedes tranquilo. ¡Pero si intentas quitarme a los niños, te juro que me vas a conocer! ¡Ahora devuélveme mi bolsa y mi celular!
Erika soltó todo de golpe, imitando a propósito el tono mandón con el que él solía hablar.
Al terminar de hablar, no le quitó los ojos de encima al rostro de Valerio.
Quería pescar alguna reacción que le indicara qué iba a hacer él.
Pero la cara de Valerio seguía cubierta por una máscara de hielo.

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