Mateo se acercó con pasos largos, le quitó el teléfono de las manos y miró el video. Observó cómo el pequeño pasaba de estar gateando a ponerse de pie y luego caminaba tambaleándose hacia Sebastián.
Al final, Cachito se abalanzaba para abrazar las piernas de Sebastián, logrando hacerle sonreír, aunque la expresión del hombre mostraba un profundo alivio.
Mateo le dio unas suaves palmadas en el hombro a Valentina.
Le dolía verla así, y también sentía compasión por el pequeño.
Valentina necesitaba a Cachito, y Cachito la necesitaba a ella.
Sin embargo, debido a su enfermedad, ella no estaba en condiciones de acompañarlo ni de cuidarlo.
Podría sufrir crisis nerviosas o autolesionarse, y nadie podía garantizar que lograría contenerse y evitar hacer algo que aterrara al niño.
Cachito era muy pequeño, cada palabra, cada acción, cada episodio de la enfermedad de Valentina podría afectar el desarrollo de su personalidad a futuro.
Tanto Valentina como el pequeño eran riesgos que ni él ni Sebastián podían permitirse correr.
Sabiendo que gran parte de su llanto se debía a la culpa, trató de consolarla:
—Apenas tiene un año y medio, el futuro es muy largo. Podrás estar a su lado para ver muchísimas más de sus "primeras veces".
Pero sus palabras tuvieron el efecto contrario; los ojos de Valentina se cristalizaron aún más.
Optó por acuclillarse junto al ventanal y mirarla desde abajo.
—Confía en mí, confía en ti misma, y sobre todo, confía en el médico que te conseguí. No solo tiene una reputación excelente y habilidades médicas brillantes, sino que además es tan apuesto como yo.
—No quiero a nadie guapo —respondió Valentina con la voz entrecortada, casi quebrándose en una pequeña risa por la ocurrencia de Mateo.
Pero él sabía muy bien que, por ahora, no era capaz de reír de verdad.
—¿Acaso tienes una obsesión con la gente fea? —se burló Mateo fingiendo indignación.
Valentina no respondió. Cuando él mencionó la obsesión con la gente fea, la imagen de Sebastián apareció en su mente, un hombre con un rostro que no tenía absolutamente nada de feo.
Un silencio se instaló entre los dos.
Justo cuando Mateo empezó a sentir que se le entumecían las piernas de tanto estar en cuclillas e intentó levantarse, Valentina le preguntó de la nada:
—¿Te retiraste de la farándula?
Mateo se quedó petrificado a mitad del movimiento.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....