En medio de la oscuridad, el tono del celular sonó abruptamente.
Sebastián permaneció recostado contra la pared. Pasó un largo rato antes de que sacara el teléfono del bolsillo; el brillo de la pantalla iluminó las frías y hermosas facciones de su rostro.
Deslizó el dedo para contestar.
—¿Qué pasa?
El tono cargado de evidente irritación sorprendió a Ricardo Mendoza al otro lado de la línea. Chasqueó la lengua.
—Qué genio, ni que yo te hubiera hecho algo.
Tras escuchar la profunda respiración de Sebastián, este soltó:
—Regresó.
Esa única palabra dejó a Ricardo pasmado.
—¿Valentina?
Tras preguntar, se dio cuenta de lo estúpido de su duda. Aparte de Valentina, ¿quién más en este mundo podía alterar tanto el ánimo de Sebastián?
Tenía que admitir la increíble capacidad de esa mujer; si no volvía, todo seguía igual, pero cuando lo hacía, ponía el mundo de cabeza.
—¿Qué te hizo ahora? —preguntó Ricardo, con calma y un toque de burla.
Sebastián escuchó el chasquido del encendedor al otro lado. Fue como si esa llama brincara directo a su corazón, avivando un fuego abrasador.
Hace un par de meses ese idiota estaba medio muerto de dolor, y ahora se atrevía a burlarse de él.
—¿Cuándo piensas dar la cara? ¿O acaso no quieres que Leticia sepa que la estás vigilando desde las sombras?
Hubo silencio absoluto en la línea por varios segundos. Luego, Ricardo soltó una carcajada amarga.
—Solo llamaba para avisarte que regresaré a tiempo para el cumpleaños de Cachito. ¿Crees que me divierte hablar contigo? ¡Lo que de verdad necesita Valentina es traerse a un hombre a Miramar para curarte esa actitud de porquería!
Nadie sabe qué tecla exacta tocó, pero esa última frase desató la furia total de Sebastián. Antes de que Ricardo terminara de hablar, ya le había colgado.
Sebastián apretó el celular con fuerza. A través del silencio, alcanzó a escuchar ruidos en dirección a las escaleras.
Todo el personal se había retirado de la casa principal, y Lucas se había llevado a Capitán. Estaba ella sola lidiando con su equipaje.
Valentina empujó la pesada maleta hasta el pie de la escalera y ahí se dio cuenta de lo abrumadoramente pesada que era. Como antes solo la había rodado, no le había prestado atención, pero ahora que tocaba subirla, requeriría un gran esfuerzo físico.
El elevador de la casa principal seguramente había sido apagado para evitar que el pequeño Cachito jugara con él y sufriera un accidente.
Justo cuando soltó un largo suspiro, preparándose mentalmente para alzarla, una figura alta y robusta apareció en lo alto del segundo piso.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....