El pequeño, a medio dormir, se abrazaba al cuello de Sebastián con un brazo, mientras con su otra mano no soltaba la ropa de Valentina. Hizo un esfuerzo titánico para entreabrir un ojo, y al instante volvió a cerrarlo.
Sus labios se movieron balbuceando una vez más:
—Mamá, a mimir... Papá, a mimir.
A pesar de tener apenas dos años, el niño tenía una fuerza increíble. Apretó la pijama de Valentina con tanto vigor que los botones en su pecho amenazaban con saltar por los aires.
Entre la tela azul oscuro, comenzó a vislumbrarse su piel suave y delicada.
De inmediato, Valentina trató de cubrirse el escote, mientras con la otra mano intentaba aflojar el agarre del niño. Pero aquellos deditos estaban cerrados en un puño tan apretado que forzarlo probablemente lo despertaría o le haría daño.
—¿Cómo hago para que me suelte? —le susurró ella a Sebastián.
Él bajó la vista para observarla.
No es que él tuviera vista de lince, era simplemente que las manos de ella no eran lo suficientemente grandes. Lograba cubrir el espacio entre el primer y el segundo botón, pero dejaba totalmente expuesto el hueco entre el segundo y el tercero.
Tanto intentar taparse para, al final, no cubrir absolutamente nada.
La nuez de Sebastián subió y bajó. Explicó con paciencia:
—Cuando se quede profundamente dormido, te soltará.
Ya fuera por miedo a despertar al niño o por alguna extraña contención, su tono era tan bajo que Valentina apenas y lo escuchó. Pero entendió el mensaje.
Ya que Sebastián había pasado tanto tiempo cuidándolo, debía conocerlo a la perfección.
Si él decía que la soltaría cuando durmiera profundo, así sería.
Sin embargo, como si se tratara de una rabieta silenciosa porque nadie se iba a dormir, Cachito cambió de mejilla sobre el hombro de su papá y soltó un ligero quejido.
—¡Mamá, a mimir! ¡Papá, a mimir!
Valentina frunció el ceño. Esa terquedad exasperante, quién sabe de quién la había heredado.
Como si tuviera miedo de que ella fuera a escaparse, la manita que antes solo sostenía un pedazo de tela, de pronto agarró un bulto grande y jaló con todas sus fuerzas. Valentina, tomada por sorpresa, fue obligada a dar un paso adelante.
Casi choca de frente contra el brazo de Sebastián.
Por puro instinto, se apoyó para no caer; los músculos del brazo del hombre estaban tan duros como una roca, inamovibles. O tal vez, al verla perder el equilibrio, él había tensado su cuerpo para sostenerla, por eso se sentía así de firme.
Una vez que recuperó el balance, Valentina consoló suavemente al niño que seguía quejándose:
—Sí, amor, duérmete ya.
—Mamá está aquí, y papá también.
Al decir esto, sintió una mirada profunda y pesada clavarse en su rostro. Ella se mantuvo imperturbable, sin que le temblara un solo músculo.
Que el cielo fuera testigo: no tenía ninguna intención de engañar al niño, pero el pequeño era tan testarudo que si no le seguía la corriente, seguramente armaría otro escándalo.
Aunque la exigencia del pequeño apuntaba claramente a que quería dormir en medio de sus padres, dado que no articulaba bien, la interpretación de Valentina —«mamá se va a mimir a su cama, papá se va a mimir a la suya»— no tenía ninguna falla lógica.
Sebastián parecía leerle la mente.
—Apenas tiene dos años. Intenta no mentirle tanto.
Valentina escuchó en silencio, sin saber qué replicar.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....