El rostro del pequeño estaba completamente empapado en lágrimas. Valentina intentó limpiarle las mejillas con un pañuelo, pero él sacudió la cabeza con tanta fuerza que sus lágrimas salieron volando en todas direcciones. No dejaba de pedir por su padre.
—¡A papá!
Al oír el clic de la puerta al abrirse, el niño fijó sus inmensos ojos llorosos en Sebastián, torció los labios y las lágrimas comenzaron a rodar a cántaros de nuevo.
—¿Qué pasa? Papá está aquí.
Sebastián acortó la distancia a zancadas.
El niño parecía un cerdito desesperado por salir cuando le abren la cerca; Valentina casi no pudo sostenerlo de la fuerza con la que se impulsó para lanzarse a los brazos de su padre.
—Con cuidado, vas a lastimar a mamá —dijo Sebastián atrapándolo en el aire y, al mismo tiempo, levantó la otra mano para sostener el hombro de Valentina.
Bajo su palma, sintió cómo los hombros delgados de ella temblaban levemente. Sebastián frunció el ceño e, inconscientemente, apretó su agarre.
Se estaba culpando a sí misma.
Cachito seguía sollozando. Sebastián acomodó mejor al pequeño y apoyó la cabecita en su hombro para que se tranquilizara a su propio ritmo.
Con voz grave y profunda, susurró:
—Es muy común que los niños se despierten llorando a mitad de la noche.
Pero Valentina mantenía la cabeza agachada como si hubiera cometido una falta gravísima; era evidente que aún no se recuperaba del impacto provocado por el llanto desesperado de su hijo.
Sebastián miró la mano apoyada en el hombro de ella, mientras la otra se cerraba en un puño para reprimir las terribles ganas de abrazarla por completo.
—Probablemente tuvo una pesadilla. Ya se le pasará.
Miro la bola de papel arrugada que ella apretaba y la instó suavemente:
—Límpiale la carita. Debe sentirse incómodo.
Valentina levantó la vista y sus ojos rojizos hicieron que Sebastián frunciera el ceño otra vez.
—Sí —respondió en un murmullo.
Inhaló hondo y se frotó el rostro con la mano. Exhaló un largo suspiro y, aparte del enrojecimiento en los ojos, su semblante pareció mejorar un poco.
Dio un paso hacia la derecha de Sebastián y, con muchísima delicadeza, le secó las lágrimas al niño.
Desde el momento en que sintió el calor de su padre, Cachito se había calmado gradualmente, saliendo de su terror nocturno.
Al sentir el toque cálido en su rostro, abrió un poco los ojos. Viendo la cara a escasos centímetros de la suya, parpadeó varias veces y balbuceó dulcemente:
—Mamá...

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....