La noche cayó sobre la mansión, envolviéndola en una brisa fresca y una oscuridad apacible. En la terraza, iluminada por faroles antiguos y la luz de la luna, Aslin, Carttal, Edrien y las gemelas se acomodaron en una gran alfombra rodeados de cojines, mientras los bebés dormían cerca y Ethan observaba desde un costado, atento a cualquier necesidad de su maestro.
—¡Es noche de historias de terror! —exclamó Leonora con una sonrisa traviesa—. Y yo seré la primera en contar una.
Edrien se recostó con los brazos tras la cabeza, observando las estrellas. —Espero que esta vez tu historia sí dé miedo y no sea solo una leyenda romántica con un fantasma triste —bromeó, guiñándole un ojo a Aslin.
Ella sintió un leve calor en sus mejillas, pero se encogió de hombros con fingida indiferencia. —Tal vez los fantasmas también merecen amor —dijo con una sonrisa juguetona.
Leonora le sacó la lengua antes de empezar a narrar.
—Hace mucho tiempo, en esta misma mansión, vivió una mujer que lloraba cada noche por su amado perdido en la guerra… —su voz se tornó más baja y solemne, y las gemelas se abrazaron, asustadas pero fascinadas—. Se dice que su alma nunca se fue y que, si prestas atención, en las madrugadas puedes escuchar su lamento viajando por los pasillos…
—¡Yo lo he oído! —interrumpió una de las gemelas, abrazándose a su hermana—. Una noche desperté y escuché algo parecido a un sollozo… o tal vez era papá comiendo galletas en la cocina.
Edrien soltó una risa. —Me descubriste, pero eso no quita que la historia de Leonora sea aterradora.
Leonora frunció el ceño. —Tienes razón, tal vez era el viento… o tal vez era ella, buscándote a ti para que la ayudes a encontrar a su amor.
Carttal sacudió la cabeza, divertido. —Debo admitir que la atmósfera ayuda, pero creo que podemos hacerlo mejor. —Se inclinó hacia adelante con los ojos brillando de emoción—. Ahora escuchen mi historia.
Se hizo un silencio expectante mientras Carttal hablaba en un tono más bajo.
—Hace muchos años, un hombre llegó a esta mansión buscando refugio de la tormenta. Se decía que era un viajero sin hogar, pero la verdad era que huía de algo… algo que lo perseguía incluso en sus sueños. Cuando la familia de la casa lo acogió, no sabían que él traía consigo una maldición. Todas las noches, al dar la medianoche, ruidos extraños resonaban en los pasillos: rasguños en las paredes, susurros en la oscuridad… hasta que, una noche, desapareció sin dejar rastro. —Carttal hizo una pausa dramática—. Dicen que si te quedas despierto a esa hora, puedes escuchar cómo algo sigue rondando, buscando a alguien más a quien llevarse con él.
Las gemelas gritaron y se abrazaron aún más fuerte. Una de ellas señaló el cielo. —¡Miren, es una estrella fugaz! ¡Pidan un deseo! Yo quiero más postre.
Leonora arqueó una ceja, impresionada por la historia de Carttal, pero no pudo evitar reírse con el comentario de la pequeña.
Edrien chasqueó la lengua, fingiendo desinterés. —Podría haber sido más intensa.
—A ver, cuéntanos tú algo más intenso entonces —lo desafió Aslin, disfrutando la dinámica.
Edrien se sentó derecho y entrecerró los ojos. —Está bien, escuchen esto. —Su voz bajó, haciéndola más grave—. Dicen que en la biblioteca de esta mansión hay un libro que no debería existir. Un libro que, si lo abres, te susurra secretos que no quieres saber. Algunos dicen que es un portal a otro mundo, otros aseguran que si lo lees en voz alta, tu reflejo en el espejo…
En ese momento, un fuerte golpe sonó desde dentro de la casa, como si algo hubiera caído. Todos se quedaron en silencio, con los ojos muy abiertos. Las gemelas chillaron y se escondieron detrás de Aslin.
—¡Nos descubrieron! ¡Rápido, escondan el postre! —gritó una de ellas.
Carttal se puso de pie de inmediato. —Voy a ver.
—Yo voy contigo —dijo Ethan, aunque su voz ya no sonaba tan segura.
Aslin miró a Leonora y ambas asintieron antes de seguirlos. Se adentraron en la mansión, caminando con cautela por los pasillos apenas iluminados. El ambiente que antes parecía cálido y acogedor, ahora se había transformado en un laberinto de sombras.
Al llegar a la biblioteca, la puerta estaba entreabierta. Un candelabro de bronce había caído al suelo, pero no había rastro de nadie. El silencio era inquietante.
—Seguro fue el viento —murmuró Aslin, aunque en su interior sentía un escalofrío.
Carttal se inclinó para recoger el candelabro. —Tal vez… o tal vez el libro nos está esperando.
Leonora soltó una carcajada nerviosa. —No sigas con eso.
Pero Edrien ya había caminado hacia una de las estanterías, recorriendo los libros con la yema de los dedos. Entonces, sin previo aviso, una brisa helada recorrió la habitación y las velas parpadearon como si fueran a apagarse.
Aslin sintió un leve escalofrío cuando Edrien, aún concentrado en los libros, se giró hacia ella y le sonrió con complicidad. —¿Y si lo leemos juntos? —susurró con un tono juguetón.
Aslin negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. —Ni lo sueñes, yo prefiero salir viva de esta noche.
—Cobarde —murmuró él con una sonrisa encantadora.
—Prudente —corrigió ella, dándole un leve empujón antes de tomar la mano de una de las gemelas, que apenas podía contener las lágrimas.

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