La noche estaba en calma, pero Carttal sabía que no duraría. El aire era denso, cargado de la electricidad de lo inevitable. Desde su posición en la colina, observó cómo los vehículos se detenían frente a la cabaña. Sombras emergieron, moviéndose con cautela. Sibil estaba allí. Y con él, el hombre misterioso.
Carttal ajustó su auricular.
—¿Todos en posición?
—Listos —respondió Ethan desde el otro extremo.
Kael, apostado en la ladera opuesta, confirmó:
—No saldrán de esta.
Carttal sonrió con frialdad.
Sibil avanzó primero, su silueta iluminada por los faros de los autos. El hombre misterioso lo siguió, sus movimientos calculados, depredadores. Miró la cabaña con un aire de desdén.
—Es demasiado fácil —murmuró.
—Porque lo es —dijo Carttal, saliendo de entre las sombras.
Los hombres de Sibil reaccionaron de inmediato, levantando sus armas, pero un solo disparo al aire de Ethan los detuvo.
—Si alguien jala el gatillo, no vivirán para arrepentirse —anunció Ethan.
Kael emergió por el otro lado, cerrando cualquier vía de escape. Los hombres de Sibil estaban rodeados.
El silencio se extendió, tenso como una cuerda a punto de romperse.
Sibil sonrió con burla.
—Carttal… Sabía que estabas detrás de esto.
—Entonces debiste correr en la dirección contraria.
El hombre misterioso dio un paso adelante, sus ojos oscuros fijos en Carttal.
—No pareces tan peligroso como dicen.
Carttal le sostuvo la mirada.
—Qué curioso. Yo pensaba lo mismo de ti.
El hombre rió bajo, sin inmutarse.
Sibil entrecerró los ojos.
—¿De verdad crees que esto ha terminado?
Carttal inclinó la cabeza, estudiándolo.
—No. Pero para ti sí.
Con una señal suya, un gas comenzó a liberarse en el aire.
—¡Máscara! —ordenó Carttal.
Él, Ethan y Kael se cubrieron rápidamente. Pero los hombres de Sibil no tuvieron tanta suerte.
El gas era un compuesto especial, diseñado para aturdir sin matar. Uno a uno, los mercenarios cayeron de rodillas, aturdidos, incapaces de sostenerse en pie.
Sibil tambaleó, llevándose una mano a la boca, intentando resistir.
El hombre misterioso, en cambio, se mantuvo firme.
Carttal lo notó de inmediato.
—No te afecta… —murmuró.
El hombre sonrió.
—No soy como ellos.
Carttal no perdió tiempo. Se movió con rapidez, cerrando la distancia entre ellos. Lanzó un puñetazo directo a su mandíbula, pero el hombre lo esquivó con precisión calculada.
Carttal giró, lanzando otra ofensiva, pero su enemigo era rápido, demasiado.
Un dolor agudo se disparó en su costado cuando el hombre le asestó un golpe certero.
—Eres fuerte, pero no lo suficiente —susurró el hombre, rodeándolo.
Carttal no respondió. En su mente, cada movimiento del enemigo se convertía en datos, en información que podía usar en su contra.
Esperó.
Cuando el hombre se lanzó de nuevo, Carttal se inclinó justo a tiempo para evitar el golpe y, en un movimiento fluido, sacó una jeringa de su cinturón.
La clavó en el cuello de su oponente.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La novia Rechazada