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La mujer que nunca fui romance Capítulo 3

Esteban despertó cuando casi eran las 10:00 am; al hacerlo, sus movimientos hicieron que aquel par de bellos ojos color azul profundo se abrieran también.

—Hola… —dijo la mujer que dormía a su lado.

—¡Hola, mi vida! —respondió Esteban atrayéndola de la cintura hacia su cuerpo.

—De verdad, aún no puedo creerlo… —exclamó aquella mujer con la emoción desbordándose a través de su radiante sonrisa.

—¿Qué es lo que no puedes creer? —preguntó Esteban mirándola con gran interés.

—¡Lo hiciste! ¡Finalmente, lo hiciste! Dime una cosa, ¿qué te llevó a hacerlo? —preguntó aquella mujer con gran curiosidad.

Esteban, por un momento, recordó lo que había sucedido hace apenas unas horas; su semblante apacible cambió al recordar la reacción de su esposa, aunque en segundos volvió a la normalidad.

—Ya te lo había dicho, no podía más con eso… Siendo completamente honesto, todos estos malditos años han sido… —Esteban hizo una pausa, ya que estaba tratando de encontrar la mejor palabra para describir su situación; al hacerlo, una serie de imágenes incómodas llegaron a su mente: el corto noviazgo con su esposa, su boda, el nacimiento de las gemelas, los cumpleaños, los aniversarios…

—¿Un suplicio? ¿Un infierno? ¿Un terrible error? —preguntó la mujer queriendo ocultar lo que sentía en su interior.

Esteban, al escuchar aquellas palabras, sintió una punzada en el pecho; él no sabía si esas palabras eran correctas para describir lo que de verdad sentía.

—Bueno, ¿por qué hablamos de estas cosas? —dijo el hombre, cambiando radicalmente de tema mientras se acercaba más a ella y la tomaba del mentón.

—¡Tienes razón! ¡Hoy es el día para festejar! ¡Créeme, me siento como en un sueño! ¡Gracias, Esteban! ¡Gracias por estar aquí! ¡Gracias por volver a mí! —expresó la mujer con el rostro lleno de satisfacción. —Oye, por cierto, ¿ya tienes todo listo?

—¡Por supuesto! Así que debemos apresurarnos si no queremos perder el permiso de vuelo. —susurró muy cerca de los labios de aquella mujer.

Mientras Esteban disfrutaba de lo que su “nueva vida” le ofrecía, Marina, a sabiendas de que sus hijas podían regresar en cualquier momento, trató de calmarse, se dio un baño, se puso su ropa habitual y bajó a ayudar a recoger lo que había quedado de la cena.

Ella mil veces preferiría encerrarse y llorar hasta que no pudiese más, pero ¿cómo podría hacerlo? El mundo no se detendría por lo que sucedía con ella.

Marina tenía claro que no podía hacer lo mismo que Esteban, ella no podía simplemente hacer una maleta e irse a quién sabe dónde.

Un claro ejemplo de que la vida seguía fue la llamada de su hermana Lina, quien le advertía que ya iba camino a casa con sus retoños y que, si no estaban visibles, sería mejor que se pusieran algo decente.

Escenas de lo ocurrido hace unas horas iban y venían, le dolía pensar que todo lo que sucedía era verdad, pero lo que más le dolía era pensar en los papeles que Esteban le había dejado para firmar.

Le resultaba increíble pensar que, Esteban quería terminar con 9 años de matrimonio con un simple “ya no puedo más”. ¿Dónde quedaban los momentos especiales como familia? Los cumpleaños, las navidades, los desayunos en el jardín, las salidas al parque, las noches de películas, ¿dónde?

Muy en su interior, había algo que la hacía sentir aún más incómoda, ya que las palabras que su madre le dijo el día de su boda le llegaron de un modo que no supo cómo explicar.

—Marina, ¿por qué te quieres casar con él? No lo conoces, hace años que no vive aquí; no te entiendo, hija. De verdad, ¡es una locura! Tú tenías planes, estás por entrar a la universidad, Esteban es mucho más grande, él ya ha vivido cosas que tú no.

Un gemido de dolor se le escapó y varias lágrimas se escurrieron por sus mejillas al recordar aquello, inmediatamente tuvo que limpiarlas, pues se comenzaron a escuchar varias risas en el recibidor.

—¡Mami! —dijo Diana corriendo a abrazar a su madre, tal como si hubiesen estado separadas toda una vida.

—¡Mi niña! —dijo Marina, cambiando su semblante triste a una alegría fingida.

—¡MAMÁ! ¿Puedes creer la ridiculez que me dijo la tía Lina? —reclamó Renata al momento que miraba a su tía de manera acusadora.

—¿Qué sucede, cariño? ¿Qué dijo tu tía? —respondió Marina, volteando a ver a su hermana con el ceño fruncido.

—La tía Lina no nos quería traer a casa, dijo que regresáramos más tarde, pues según ella, dice que tú y papá estaban hablando sobre un nuevo bebé. Debes saberlo, mamá, de ninguna manera aceptaría otro hermano; además, ¡suena espantoso! —dijo Renata poniendo una cara de asco.

—¿Por qué dices esas cosas, hija? —exclamó Marina tratando de ocultar sus emociones.

Lina, por su parte, solo puso los ojos en blanco; conocía a Renata, sabía que era una buena niña, pero había heredado el carácter del padre y, en ocasiones, solía lanzar comentarios sin pensar.

Capítulo 3: ¡Llévame al aeropuerto! 1

Capítulo 3: ¡Llévame al aeropuerto! 2

Capítulo 3: ¡Llévame al aeropuerto! 3

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