Visitar al abogado de la familia no había sido tan dramático como Marina había pensado.
Aquel hombre solo hizo las preguntas necesarias y, después de leer el convenio, le explicó los pormenores, por lo que, en cuestión de una hora, aquel documento que había estado postergando por tres meses, finalmente fue firmado.
—¿Con esto ya puedo decir que estoy divorciada? —preguntó Marina como si el tiempo apremiara.
—No es tan sencillo como parece, este documento lo llevaré al juzgado, se fijará la fecha para la audiencia y se hará la firma del certificado que hará oficial su separación. —explicó el abogado con calma.
—¿Debo volver a reunirme con mi esposo? —dijo Marina algo inquieta.
—Lo hará, pero será frente a un juez, yo la acompañaré para asesorarla en caso de tener dudas.
—Está bien, creo que eso sería todo, ¿verdad?
—Así es, señora, créame, lo que su marido ha estipulado es un trato muy bueno, prácticamente les está asegurando toda la vida, no hay mucho que podamos agregar.
—Lo único que me importa es que mis hijas no queden desprotegidas.
—¡Así será! Déjelo en mis manos; en un rato más contactaré al abogado de su esposo y le avisaré que ha firmado el acuerdo para que esté al tanto de su decisión.
—¡Gracias! —dijo Marina, retirándose de aquella oficina.
Tras aquello, mientras conducía a casa, trataba de no darle más vueltas al tema, pero su mente la traicionaba. Al final, unos cuantos minutos bastaron para mostrarle lo que en 9 años de matrimonio no había podido o querido ver.
Esteban se había casado con ella, pero su corazón y mente jamás dejaron ir a la mujer que siempre estuvo con él. Todos los cumpleaños, los aniversarios, el día de su boda, incluso su “noviazgo”, ahora le parecían algo dolorosamente ridículo.
Cada mirada, cada sonrisa, cada caricia dada, nunca habían sido realmente verdaderas; ahora la frase que le dijo el día que le pidió el divorcio cobraba más sentido:
—Marina, no te amo; es más, no sé si algún día lo hice.
Aquella joven mujer se miró en el espejo del retrovisor y se dijo:
—Marina, ¿qué esperabas? ¡No te hagas tonta! ¡Tú lo sabías! ¡Ahí no había amor! Mamá te lo dijo… Tu amor no bastó.
Cansada del ruido en su cabeza, prefirió poner a reproducir música para distraer su mente.
—¡Ay, Marina! Tú tuviste toda la maldita culpa, ¿qué esperabas? Tú lo sabías, viviste años viendo cómo ellos eran novios.
Esteban se había casado con ella no porque estuviese enamorado, como tontamente en su cabeza pensó. Estaba claro que ahí había algo más, pues, tal como su madre se lo había dicho, ¿quién se casa con alguien sin conocerlo o sin tener alguna relación?
—¡Una verdadera idiota! Sí, una verdadera idiota hace lo que hiciste tú…



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