Ariel contraatacó, lanzando un puñetazo hacia Fabio.
Fabio no era malo peleando, pero al estar siempre rodeado de guardaespaldas, sus habilidades se habían atrofiado por falta de uso.
Ni siquiera podía con Karina.
En tres movimientos, ya estaba en desventaja.
Recibió un puñetazo de Ariel y cayó al suelo.
Los huéspedes que estaban haciendo el check-out gritaron asustados. Entre el miedo y la curiosidad, se escondieron en lugares que consideraban seguros para grabar videos.
Por consideración a Karina, Ariel no siguió golpeando a Fabio frente a ella.
Se quedó de pie, erguido, con un aire de sutil arrogancia.
Karina, por su parte, permaneció inmóvil y distante, observando con frialdad. Igual que Fabio la había observado cuando Patricia la quemó.
Fabio aún no estaba seguro de si Karina y Ariel habían tenido relaciones la vez que ella fue a su casa a ducharse. Pero esta vez, los había atrapado en el acto.
Sus emociones se desbordaron, un fuego de dolor lo consumía.
Fabio se levantó del suelo y, perdiendo el control, gritó:
—¡Los agarré in fraganti! ¡Ahora no pueden negarlo, ¿verdad?!
»¿No decías que era el esposo de la persona que te salvó la vida? ¿Te acuestas en un hotel con el marido de tu salvadora y no temes que ella no descanse en paz?
»¡Tú ni siquiera estás divorciada y eres madre de una niña de cinco años! ¿Con qué cara vas a ver a tu hija después de hacer algo tan bajo?
»¡Karina, hasta aquí llegaste! Te casaste conmigo usándome como un trampolín para tu carrera. Como ya no te consiento, te vas y seduces al marido de tu benefactora.
»¿Crees que ganaste? No, eres solo una perra callejera, un gusano miserable revolcándose en el fango de la inmoralidad…
Antes de que terminara de hablar, el puño de Ariel ya había impactado en su rostro.
—¡Basura! Debería haberte matado a golpes anoche.
»¿Ya olvidaste que le rogaste de rodillas para que se casara contigo?
»¿No tienes espejos en tu casa?
»Mírate, animal. ¿En qué te crees superior a ella?
La fuerza de cada golpe resonaba en el corazón de todos los presentes. ¡Increíble! ¡El amante dándole una paliza al marido legítimo… qué salvajada!
El gerente del hotel llamó a seguridad para que los separaran.
Dos guardias no fueron suficientes para contener a Ariel. Parecía un hombre sin una pizca de calidez; su rostro, normalmente refinado y elegante, solo mostraba una gélida intención asesina.
Karina observaba en silencio, viendo cómo los dos hombres se enzarzaban en una pelea, sin decir una palabra. Las palabras venenosas y el desprecio venían del hombre que había amado profundamente, y que incluso aún amaba. Era un veneno más letal que cualquiera que pudiera recorrer sus venas.
Miró a los dos hombres, con sus ojos como un abismo helado, sin rastro de vida, desolados.
«Mátalo, Ariel…», pensó.
***
Finalmente, alguien logró separar a Ariel.
Esa persona fue Karina.
Solo ella podía detenerlo.


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