«Ambas somos huérfanas y sin influencias, ¿por qué a ti, Karina, te recibieron con todos los honores y a mí no?», pensó.
Había entregado su corazón y su cuerpo. Su escándalo era conocido por casi todos. ¿Qué familia adinerada la aceptaría?
Selena fue primero a su habitación y luego a la cocina.
Belén estaba preparando un caldo para la cruda de Fabio, tarareando una canción, aparentemente de muy buen humor.
—Vaya, ¿es la señorita Selena? ¿Necesita algo? —preguntó Belén con una sonrisa.
Selena apretó los dientes en secreto, con ganas de abalanzarse y golpearla.
Normalmente, esa vieja bruja la miraba con desprecio, pero ahora que se enteraba de que Fabio la iba a casar, se atrevía a regodearse en su cara…
Por el bien de su plan, Selena se obligó a contenerse.
—Yo prepararé el caldo —le dijo a Belén—. Ve a ver a Caro.
—La niña ya está dormida… Señorita Selena, si no tiene nada que hacer, debería ir a descansar. Mañana tiene que reunirse con dos caballeros.
Selena captó la burla en el tono de Belén.
Abrió el grifo y tiró agua al suelo, obligando a Belén a buscar un trapeador.
En cuanto Belén salió de la cocina, Selena vació todo el contenido del paquete en el caldo.
Vio cómo Belén le llevaba el caldo a Fabio.
Calculó el tiempo y, diez minutos después, entró descalza en la habitación de Fabio.
La última vez, había llevado un camisón de seda idéntico al de Karina; esta vez, llevaba una camisa de Fabio.
La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por la tenue luz de los dispositivos inteligentes, que proyectaban sombras difusas.
Fabio sintió que algo extraño le pasaba en el cuerpo.
No era normal que una simple erección se intensificara tan rápidamente.
Se dio cuenta de que el caldo tenía algo.

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