Cuando Karina llegó a la habitación de Caro, se encontró con un Fabio que salía apurado.
La puerta doble de la habitación solo estaba abierta de un lado.
Uno tenía que salir para que el otro pudiera entrar.
Pero Karina no se movió, creando un tenso impasse con Fabio.
Sus miradas se cruzaron, y Karina notó de repente que la forma en que Fabio la miraba era extraña.
Una emoción indescriptible cruzó su mirada, mucho más suave que la frialdad de antes.
Fabio bajó ligeramente la vista, se hizo a un lado y dejó que Karina entrara primero.
Karina entró y, sin que se diera cuenta, Fabio se giró para mirarla antes de irse.
Karina le daba la espalda, por lo que no lo vio.
Pasó otra tarde con Caro y descubrió que, en su fragilidad, los prejuicios de la niña hacia ella parecían haberse desvanecido.
Caro miró a Karina y le preguntó:
—Mamá, ¿puedo no comerme las zanahorias?
—Claro —respondió Karina.
Y una por una, le fue quitando las zanahorias del plato.
Caro estaba muy sorprendida.
Resulta que no comer zanahorias era así de simple. No hacía falta dar órdenes ni hacer berrinches, bastaba con pedirlo amablemente…
Por la noche, cuando Karina se disponía a irse, Fabio regresó.
Traía consigo platillos de Puerto Velero.
No dijo que eran para Karina.
Pero todos en la habitación sabían que, aparte de Karina, nadie más comía la comida de Puerto Velero.
Era demasiado picante.
Karina observó fijamente al hombre que tenía delante.
La luz de la habitación incidía directamente sobre sus hombros, proyectando sombras que difuminaban su rostro.
Por un instante, Karina recordó los inicios de su relación.
—¿Comes picante? —le preguntó Karina a Fabio.
—Si no comes picante, mejor no volvamos a salir a cenar.
El primer paso para saber si dos personas eran compatibles era juzgar a través de sus hábitos alimenticios.
La tolerancia era temporal, no podía durar toda la vida.
—Si tú puedes, yo también —respondió Fabio con confianza.
Karina aceptó su invitación y eligió un restaurante de comida de Puerto Velero.
En los platillos de Puerto Velero, parecía haber más chile que comida.
Cualquier plato que pusieran sobre la mesa era de un rojo intenso.
Fabio llevaba un buen rato sentado, con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Todo esto… es lo que te gusta comer?
Al ver que Fabio no había tocado su tenedor, Karina le preguntó de nuevo:
—¿Está todo bien, director Torres?
Fabio la miró, con una determinación inquebrantable.
Tomó su tenedor y se llevó un bocado a la boca.
A través del vapor que se elevaba de la comida, a Karina le pareció ver una mueca de dolor en su rostro.
Dejó el tenedor.
—Director Torres, no hay necesidad de forzarse.
Como si quisiera demostrarle algo a Karina, Fabio empezó a comer cada vez más rápido, terminando más de la mitad de los platillos en un instante.
Pronto, se llevó las manos al estómago, con la frente perlada de sudor frío por el dolor.
Karina condujo el carro de Fabio y lo llevó al hospital.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío