Al ver el pie enyesado de Caro, Karina contuvo su enojo y probó un enfoque diferente:
—El personal del parque me dijo que tú intentaste empujar a Melisa, pero no lo lograste y terminaste cayendo al agua.
—¡No es cierto! —gritó Caro, sorprendida e indignada—. ¡Yo no la empujé, está mintiendo!
—Si miente o no, tú lo sabes mejor que nadie. El caso es que una de las dos está mintiendo.
—¡Yo no miento, mamá! ¡Créeme, yo no empujé a Melisa!
—¿Y Melisa te empujó a ti? ¿Qué se siente que te acusen de algo que no hiciste?
Karina miró a Caro y le sostuvo el rostro para que no pudiera evitar su mirada.
—Mentir es de tontos. Creen que los demás no se dan cuenta de que mienten, pero en realidad, todo el mundo lo sabe. Es como si todos vieran algo blanco y tú insistieras en que es negro, así de obvio. ¿Podrías dejar de mentir, por favor? Hace que la gente te deteste.
Caro apretó los dientes, con la cara roja de rabia y vergüenza.
Al principio, cuando su tía le dijo que en el Puente de la Niebla Eterna había mucha gente y que si se caía sería difícil saber de quién fue la culpa, sí que había pensado en empujar a Melisa.
Pero luego desechó la idea.
Cuando estaban viendo las luciérnagas, fue Jimena quien le preguntó si quería ir a contar las piedras del puente. Por eso fueron juntas.
Y en realidad, ella no quería decir que Melisa la había empujado. Ella, en el fondo, no quería decir esa mentira...
Karina observó detenidamente los rasgos de Caro, intentando encontrar algún parecido con ella.
Pero cuanto más la miraba, menos se parecían.
«¿De verdad es mi hija?», se preguntó.
Fabio y Selena entraron en la habitación.

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