Mientras esperaban en la fila para subir al Puente de la Niebla Eterna, Karina buscó a Caro con la mirada.
Justo en ese momento, vio a Selena agachada, hablándole pacientemente a Caro.
Su espalda parecía envuelta en una sombra ominosa.
Karina nunca juzgaba a la gente con malicia, pero Selena era la excepción.
Apartó la vista y le dio un tironcito a la ropa de Ariel, que estaba a su lado.
—Carga a Melisa para cruzar el Puente de la Niebla Eterna.
Ariel se giró, miró por un instante y comprendió la intención de Karina.
Se inclinó hacia Melisa y le dijo:
—Melisa, acabas de recuperarte, no puedes mojarte con agua fría. Papá te cargará para cruzar el puente.
—Pero, papá —dijo Melisa, indecisa—, quiero cruzar el puente de la mano con Jimena.
—Deja que tu papá te cargue —la convenció Karina con dulzura—. La señora y yo iremos justo detrás de ustedes, de la mano de Jimena. Así será como si lo cruzáramos todos juntos, ¿no crees?
La madre de Jimena también intervino:
—Melisa, hazles caso a tus papás, ellos solo quieren lo mejor para ti.
Después de pasar gran parte del día juntas y observarlos, la mamá de Jimena se había dado cuenta de que, aunque Karina no era la madre biológica de Melisa, la quería con todo su corazón.
Ni siquiera ella misma podía compararse con el cariño que Karina le demostraba a Melisa.
—Está bien —asintió Melisa, obediente.
Karina notó que Melisa llevaba puesto el anillo inteligente.
Como si recordara algo, tomó la manita de Melisa, pulsó un par de veces el anillo inteligente y se lo volvió a poner.
El Puente de la Niebla Eterna estaba formado por una serie de piedras de formas irregulares, entre las cuales fluía el agua.
Había mucha gente, y si alguien se detenía de repente, los de atrás no tendrían dónde pisar y podrían perder el equilibrio y caer al agua.
Por eso, el personal del parque no dejaba de gritar por un altavoz:
—¡Sin prisas! ¡No empujen! ¡La seguridad es lo primero!
Después de darle las instrucciones a Caro, Selena buscó con la mirada a Karina y a Melisa.
Para su sorpresa, vio que Ariel había levantado a Melisa en brazos.
Karina y la mamá de Jimena caminaban detrás de ellos.
Sus planes se habían ido al traste antes de empezar. Selena apretó los dientes con rabia.
Caro todavía estaba pensando en las palabras de Selena: «¿Tropezar? ¿Golpear?».
Karina y los demás cruzaron el puente sin problemas.
Al mirar atrás, Karina se dio cuenta de que Selena y Caro iban al final, sin siquiera haberse acercado a ellos.
«¿Será que me estoy imaginando cosas?», pensó.
Un miembro del personal pidió a los visitantes que bajaran la intensidad de sus luces y siguieran por el sinuoso sendero.
—¡Mamá, mira, ya hay luciérnagas! —exclamó Melisa emocionada, sacudiendo la mano de Karina.
Karina la sujetó con fuerza para que no saliera corriendo.
Ariel le señaló a Karina un gran enjambre de luciérnagas que volaba hacia ellos.
En cuestión de minutos, ambos lados del sendero se llenaron de luces parpadeantes, como estrellas que flotaban lentamente, encendiéndose y apagándose.
Ante los ojos de Karina se desplegaba un magnífico festín de luz y sombras.
—Es precioso —murmuró, incapaz de contener su asombro, con la voz llena de sorpresa.
Ariel no miraba las luciérnagas. A través de sus gafas de montura plateada, sus pupilas oscuras solo reflejaban la imagen de Karina.

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