El sábado por la mañana, Ariel preparó un carrito de camping.
Dentro había una tienda de campaña, una linterna de alta potencia, un botiquín de primeros auxilios, una cantimplora, fruta, pan, botanas...
Karina no sabía a dónde planeaba llevarla Ariel con Melisa.
Le había preguntado varias veces, pero Ariel no soltaba prenda.
Cuando le preguntó a Melisa, ella también guardó el secreto.
Al ver todo el equipo, Karina intentó adivinar:
—¿Vamos a una expedición en la naturaleza?
—No —respondió Ariel—. Vamos a un lugar donde bastan veinte minutos para que te sientas feliz.
—¿Y si después de veinte minutos no me siento feliz? —bromeó Karina.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Ariel.
—Entonces, estaré a tu merced.
Sus palabras, pronunciadas con calma, hicieron que el corazón de Karina latiera con fuerza.
Karina se aclaró la garganta disimuladamente y dijo:
—Eres propenso a perderte y ni siquiera entiendes el GPS. No vayas a hacer que Melisa y yo nos perdamos.
Ariel le lanzó una mirada de reproche a Melisa.
Era cierto que no tenía el mejor sentido de la orientación, pero no era para tanto como para no entender un GPS. ¡Esa chamaca estaba manchando su reputación!
Karina y Melisa se sentaron en el asiento trasero.
Una vez que el Land Rover entró en la autopista, Melisa no dejó de mirar las señales de tráfico.
En cuanto aparecieron las palabras «El Cañón de las Luciérnagas», le tapó los ojos a Karina para jugar a las adivinanzas.
Karina, haciéndose la tonta, le siguió el juego a Melisa, fallando a propósito cada vez.
Cuando el carro se detuvo y bajaron, Karina vio a ambos lados del camino una multitud de flores silvestres de nombres desconocidos que competían en belleza.
Miró hacia adelante.
Una sola mirada bastó para conmoverla.
El verde esmeralda lo inundaba todo, el suelo estaba cubierto por un tapiz de flores silvestres de todos los colores y el murmullo del agua resonaba en el barranco, creando una fusión total con la naturaleza.
Incluso antes de entrar, sintió una profunda calma.
A estas alturas, Ariel ya no podía seguir ocultándolo.
Miró a Karina y le preguntó:
—¿Te gusta?
—Me encanta —asintió Karina.
Cuando recién se habían casado, Fabio le había dicho en más de una ocasión que en el Cañón de las Luciérnagas había más luciérnagas que estrellas, lo que le había despertado una gran curiosidad.
Pero como quedó embarazada de Caro el mismo mes de la boda y el camino al cañón era muy accidentado, nunca fueron.
Después, ocurrió la tragedia de sus padres, y ni ella ni Fabio tenían ánimos para nada, así que nunca habían visitado el Cañón de las Luciérnagas.
Hoy, por fin, saldaba esa cuenta pendiente.
Melisa ya tenía su cámara lista y tomó algunas fotos del paisaje.
Luego, giró la cámara hacia Karina y Ariel y dijo:
—¿Nos tomamos una foto juntos? Primero papá y mamá, luego mamá y yo, después papá y yo, y al final, todos juntos.
A todos les tocaría una foto, sonaba justo, así que Karina aceptó.
Ariel se paró junto a Karina. El viento agitó el cabello de ella, que se alzó como la seda.
El movimiento se reflejó en los ojos de Ariel, tan cautivador como una pintura en movimiento.

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