El corazón de Karina dio un vuelco.
Se levantó, tomó su bolso y le dijo rápidamente a Isabel:
—Por la tarde, vayan al grupo uno a probar el nuevo producto… Y, por favor, pídele permiso al director Simón por mí.
Mientras caminaba, llamó a Ariel, pero fue el doctor Sáez quien contestó.
—El profesor Solano está en una cirugía.
—Entonces, por favor, dígale que vaya a urgencias en cuanto termine. Melisa no se siente bien.
Cuando Karina llegó a urgencias, vio a cinco o seis niños de unos cinco años acostados en tres camillas.
Algunos lloraban, otros se tocaban el estómago quejándose de dolor, y uno estaba vomitando.
Detuvo a una enfermera y le preguntó: —¿Dónde está Melisa? Es la hija del profesor Solano.
Al mencionar a la hija del profesor Solano, la enfermera mostró una evidente sorpresa.
Conocía al profesor, pero no sabía cuál de las niñas era su hija.
Señaló a una niña a la que le estaban sacando sangre y dijo: —¿Es esa de allí?
Karina se giró.
Era Melisa. Tenía el rostro pálido y amarillento, y solo vomitaba agua.
Un médico le estaba tomando una muestra de sangre.
El corazón de Karina latía con fuerza.
De repente, le pareció oír la voz de Caro, llamándola débilmente: —Mamá… mamá…
Karina miró a la niña que estaba en la camilla más alejada.
Era Caro, que lloraba mientras se sujetaba el estómago.
La atención de la maestra y los médicos estaba centrada en los niños más graves.
Como los síntomas de Caro eran los más leves, la habían pasado por alto.
Karina corrió hacia Caro, que estaba más cerca, y le acarició su carita pálida.
Pero, por alguna razón, su corazón y su mente estaban con Melisa.
Melisa estaba rodeada de médicos, enfermeras y maestras, pero aun así, Karina no podía evitar preocuparse y no le quitaba los ojos de encima.
—Mamá, me duele mucho la panza. ¿Me voy a morir?
Karina se volvió hacia ella. —Claro que no. Deja que te la sobaje.
Al sentir el calor de la mano de su madre, tan reconfortante como el sol en invierno, el miedo de Caro se disipó.
Su mamá todavía se preocupaba por ella.
Sintió una felicidad que nunca antes había experimentado, como si hubiera recuperado algo perdido.
Cuando se enfermaba antes, su madre pasaba noches enteras sin dormir, cuidándola.
Pero en cuanto se recuperaba, se olvidaba de todo.
Solo recordaba los regaños de su madre, las veces que no le daba la razón, y pensaba que no la quería.
Pero ahora que estaba enferma, esa sensación de ser amada por su madre había vuelto.
Caro se sintió mucho más segura y se aferró a la mano de Karina.
—Mamá, quédate conmigo, por favor. Tengo miedo.
Karina seguía mirando a Melisa.
La niña volvió a vomitar.
Con una expresión grave, Karina se giró hacia Caro y le dijo: —Pórtate bien y no te muevas. Un médico vendrá a revisarte.
Dicho esto, corrió hacia Melisa.

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