La expresión de Selena se tensó ligeramente. Parpadeó un par de veces y se acercó a Caro.
—Mi amor, dile a papá que ya entendiste que te equivocaste, y que no volveremos a cometer este error.
Pero a Caro no le gustaba disculparse. El abuelo y la abuela siempre decían que las princesas no necesitan pedir perdón.
—Yo no hice nada malo. ¿No fuiste tú, mamá, la que...?
—Caro no quiere disculparse porque todavía está enojada. Hermano, no seas tan duro con ella.
Selena interrumpió a Caro a toda prisa, con el corazón en la garganta. Temía que Caro dijera que lo había aprendido de ella. La verdad es que no había tenido la intención de enseñarle algo malo. Simplemente, al hablar de Melisa, se le escapó un comentario sobre ser una «hija de nadie», y no se imaginó que Caro se lo grabaría.
—Hermano, consuela un poco a Caro.
El rostro de Fabio se suavizó un poco, pero su mirada hacia Caro seguía siendo severa.
—Apenas tienes cinco años. No puedes involucrarte en los asuntos de los adultos, y mucho menos volver a llamar a nadie «hija de nadie», ¿entendiste?
Caro resopló con desdén.
Fabio se enojó y alzó la voz:
—¿Qué actitud es esa?
Caro se quedó perpleja por un instante, y de repente, estalló en llanto.
—¡Papá me está regañando! ¡Papá nunca me había regañado! ¡Ya no quiero a papá!
Caro salió corriendo, llorando.

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