Karina se llevó un dedo a los labios y sonrió levemente.
Patricia estaba tan furiosa que sus labios se pusieron morados. Tenía los insultos para Karina y Ariel en la punta de la lengua, pero no podía pronunciarlos, su mente era un caos.
Selena, queriendo ganar puntos con Patricia, decidió intervenir, aunque sabía que Karina la insultaría. Era mejor mostrar su lealtad. Idealmente, si Karina la insultaba con más saña, Fabio se inclinaría un poco más a su favor.
—La señora es, después de todo, una persona mayor. No importa qué tan mala sea su relación, cuñada, no deberías maldecirla.
—Solo es una advertencia amistosa, para que la señora Torres pueda prevenir cualquier problema.
Karina dijo esto mientras bajaba la mirada hacia Selena.
—De repente me surge una duda, ¿de quién escuchó Caro por primera vez la expresión «hija de nadie»?
—Melisa tiene una madre, solo que lamentablemente falleció. En cambio tú, Selena, sigues sin saber quién es tu padre, así que tal vez la verdadera...
Karina no pronunció las palabras «hija de nadie», pero Selena leyó sus labios. Le habían tocado una fibra sensible, y su rostro se tornó pálido al instante. Los recuerdos de su infancia la apuñalaron. Desde que tenía memoria, su madre la había llevado de un hombre a otro. Esos hombres la golpeaban y la llamaban «hija de nadie» hasta que cumplió ocho años y conoció a Fabio, poniendo fin a su pesadilla.
Karina quería decir un par de cosas más sobre Caro, pero la experiencia le decía que Caro no la escucharía y solo crearía más conflictos. Así que, simplemente asintió hacia la señorita Fonseca.
Ariel también asintió en dirección a la maestra. Melisa se despidió. Los tres salieron de la oficina, caminando al unísono hacia la salida.
La señorita Fonseca estaba absolutamente asombrada por la lengua afilada y la sincronía de esa pareja. Al verlos alejarse con la niña de la mano, bajo la luz del atardecer, sintió unas ganas locas de que fueran pareja. Si esos dos se casaban, serían un dúo imparable, invencible.
Patricia estaba tan enojada que apenas podía respirar. Se aflojó el pañuelo de seda que llevaba al cuello y soltó un par de maldiciones contra Karina para desahogarse. Caro entendía lo que decía, y cuanto más escuchaba, más detestable le parecía su madre.
—Vámonos nosotras también —dijo Selena.
Inesperadamente, una voz de soprano, fuerte y estridente, sonó detrás de ellas.
—No tan rápido. El asunto de Melisa ya se aclaró, pero la cuenta de tu Caro aún no está saldada.
La señorita Fonseca suspiró para sus adentros. «Esto no tiene fin...».
—Mamá de Ignacio, este asunto...
—Maestra, usted no se meta. Esta vez lo resolveremos los adultos.
La mamá de Ignacio había salido perdiendo contra Karina y se sentía como si tuviera la boca llena de arena; necesitaba escupir. Sin embargo, Karina había pedido que Caro se disculpara con Ignacio, y aunque al final no se concretó, al menos tuvo la intención. Mucho mejor que esta hipócrita amante que tenía enfrente. Como su negocio familiar no dependía de la familia Torres, no tenía nada que temer.
Patricia, por su parte, se sentía como un globo inflado al máximo, a punto de explotar. Ella y la mamá de Ignacio chocaron como dos trenes, enfrascándose en una guerra de insultos sin tapujos. La señorita Fonseca se apresuró a taparle los oídos a Caro.

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