Al segundo siguiente, los recuerdos de la noche anterior comenzaron a llegarle en fragmentos.
La fiebre, las pastillas, el sofá. Ese tazón de sopa que no alcanzó a comerse. Y la voz profunda y contenida de César.
Se quedó rígida de inmediato. ¡Se había quedado dormida! Y, para colmo, en su casa.
Eliana cerró los ojos, frustrada, y se regañó a sí misma por ser tan patética.
Al moverse ligeramente en la cama, notó que algo andaba mal.
Bajó la mirada por puro instinto, y su rostro se encendió como el fuego.
Su sostén... había desaparecido.
Se sentó de golpe, con las orejas tan rojas que parecían a punto de sangrar.
Su mente era un caos total, con toda clase de pensamientos pasando a la velocidad de la luz.
No podía ser, ¿verdad?
César siempre había sido muy respetuoso con los límites. Incluso cuando eran niños y pasaban todo el tiempo juntos, jamás había tocado su ropa interior.
Respiró hondo, obligándose a calmarse. Levantó las sábanas y bajó de la cama con cautela.
La habitación estaba en completo silencio. César no estaba ahí.
Se quedó de pie junto a la cama, sintiendo que el calor de sus mejillas se negaba a desaparecer.
Sus recuerdos de anoche estaban borrosos. Solo recordaba sentirse muy mal, con el pecho apretado y dificultades para respirar, y cómo sus dedos, por inercia, habían intentado desabrochar algo. Luego, el agua, las pastillas, y esa familiar fragancia fría.
Después de eso, todo era un espacio en blanco.
Se mordió el labio, albergando una esperanza.
Tal vez, solo tal vez... se lo había quitado ella misma.
Le daba vergüenza admitirlo, pero siempre había tenido mucho busto, y era común que sintiera que la ropa le apretaba demasiado. Siempre que llegaba a su habitación, lo primero que hacía era quitarse el sostén.
Probablemente la fiebre la había hecho delirar. Creyó que estaba en su propia casa y se lo quitó por costumbre. Sí, eso tenía que ser.
Quería preguntarle a César.
Pero entonces sacó su teléfono y recordó un pequeño detalle: ya lo había bloqueado y eliminado de sus contactos.

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