Aquella tarde, por fin, dio la última pincelada.
Eliana dio un paso atrás, analizó la obra por unos instantes y un destello de genuina satisfacción iluminó su mirada.
Estaba a punto de recoger sus cosas cuando su celular empezó a vibrar.
Era Valeria.
Apenas contestó, la voz de su amiga estalló al otro lado de la línea.
—¡Vámonos de compras! Estás trabajando como una desquiciada. ¡Si sigues así, te vas a enfermar!
Al escucharla, la tensión que Eliana había acumulado durante todo el día desapareció de golpe.
Sin darse cuenta, una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Está bien.
El centro comercial estaba bañado por una luz blanca y reluciente.
La zona de marcas de lujo estaba casi vacía; los pasillos eran tan amplios que el eco de sus pasos resonaba con claridad.
Valeria iba arrastrando a Eliana hacia una boutique, quejándose sin parar.
—De verdad, te has vuelto una adicta al trabajo. Si sigues así, empezaré a creer que te quieres volver una monja tibetana.
Mientras hablaba, hizo un gesto grandilocuente con la mano: —¡Me acaban de pagar el bono! Ven, vamos a ver qué hay. ¡Compremos ropa a juego, yo invito!
Pero apenas terminó la frase, soltó una maldición por lo bajo: —Mierda.
Antes de que Eliana pudiera entender qué pasaba, Valeria se detuvo en seco y su rostro se transformó en una máscara de hielo.
Siguió la mirada de su amiga.
Ahí estaba Esther Garza.
Estaba sola.
Llevaba un vestido holgado de color beige. Su vientre ya se notaba un poco, y caminaba con una mano posada protectoramente sobre él.
Irradiaba una imagen de fragilidad y dulzura.
Miraba a su alrededor, como si estuviera esperando a alguien.
En ese momento, vio a Eliana y una sonrisa se deslizó por sus labios.


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