La propuesta fue rechazada de inmediato.
—Eso va en contra del reglamento. Darle una segunda oportunidad a ella sería injusto para el resto de los participantes —sentenció Penélope Calderón, la estricta presidenta del jurado.
Al otro lado de la mesa, la jueza Silvia Moreno mantenía una expresión de absoluta indiferencia, como si el asunto no tuviera nada que ver con ella.
Sin embargo, un par de días antes, Regina Guerrero la había contactado personalmente.
Al principio, Silvia pensó que Regina simplemente le estaba pidiendo que la favoreciera con sus calificaciones. Esa clase de favores no eran nada nuevo para ella.
Si Silvia había logrado salir del anonimato y escalar posiciones hasta sentarse en esa silla de juez, no había sido únicamente gracias a su arte. Ella sabía jugar el juego de la política, entendía de favores, sabía ganarse a las personas influyentes y, sobre todo, sabía cómo operar al borde de las reglas para obtener beneficios.
Pero como Regina ya tenía un nombre de peso en el medio, contaba con talento real y además pertenecía a la poderosa familia Guerrero, no necesitaba sobornar a nadie para pasar la primera ronda. Por lo tanto, Silvia se sorprendió bastante cuando Regina la buscó.
Hasta que Regina le reveló su verdadero propósito: quería que Silvia descalificara a una persona en específico.
—Eso es muy complicado —había respondido Silvia, frunciendo el ceño—. Somos seis jueces en total. Si la obra es excepcionalmente buena, yo no puedo simplemente ponerle un cero; sería demasiado evidente. Además, un solo juez no puede decidir el resultado final.
Pero Regina solo esbozó una sonrisa cínica:
—¿Y qué pasaría si los jueces ni siquiera pudieran ver la pintura?
Silvia comprendió el plan al instante.
Y así, aprovechando su acceso al sistema, reemplazó el archivo original de Eliana por ese amasijo de píxeles borrosos.
—Es responsabilidad de los participantes asegurarse de que la calidad del archivo enviado sea la correcta —concluyó Penélope Calderón con severidad—. El que ni siquiera pueda cumplir con un requerimiento tan básico demuestra una falta de respeto hacia este concurso. Esa actitud es motivo suficiente para no avanzar a la siguiente etapa.
El debate se cerró rápidamente. «Lonely Me» no pasó la eliminatoria. La revisión continuó con la siguiente obra.
Pero justo en el instante en que la imagen desapareció del proyector, la mirada de Silvia se detuvo en la pantalla por un segundo.
Solo ella, antes de reemplazar el archivo, había tenido la oportunidad de admirar la obra original en alta definición.
Sabía perfectamente que esa pintura no era una obra cualquiera. La composición, el dominio del color y la carga emocional eran magistrales, sobre todo considerando la edad que tenía la participante al pintarla.


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