Esa última frase fue como una daga en el pecho de César.
En un arrebato impulsivo, extendió la mano y la agarró por la muñeca. La piel de Eliana estaba fría, pero la palma de él ardía como el fuego.
La distancia entre ambos se redujo a la nada. Estaba tan cerca que ella podía ver la tormenta de emociones en los ojos de César, y otras sombras oscuras y complejas que no lograba descifrar. Sus respiraciones cálidas terminaron por enredarse en el aire.
—A él le perdonas que te humille de esta manera —murmuró César, inclinando el rostro hasta que su aliento rozó la oreja de Eliana—. Pero a mí me guardas rencor por siete años por una sola frase. Dime, Eliana, ¿de verdad lo amas tanto?
Eliana se estremeció de pies a cabeza. Intentó zafarse, pero él solo apretó más el agarre.
El aroma elegante y frío de su loción, mezclado con la brisa nocturna, la envolvió por completo, haciendo que su corazón empezara a latir desbocado por el pánico.
En ese instante, el mundo entero desapareció, dejándola atrapada en la intensidad de sus ojos y en el calor abrasador de la mano que apresaba su muñeca.
Era la primera vez que lo veía tan cerca desde que se habían reencontrado.
Esa cara, que siete años atrás aún conservaba rasgos juveniles, ahora irradiaba el magnetismo imponente y peligroso de un hombre maduro.
Pero su rostro seguía siendo igual de letal y engañoso.
Recordaba perfectamente cuando lo vio por primera vez hace veinte años. Aquel niñito guapo la había conquistado al instante, y ella se la pasaba persiguiéndolo a todas partes.
Eliana giró el rostro para no mirarlo. El corazón le latía a mil por hora, pero se obligó a sonar firme:
—Señor de Soto, usted está borracho.
Tan pronto como lo dijo, se insultó mentalmente. Habían estado bebiendo té y agua toda la maldita noche, no había probado ni una gota de alcohol.
Pero César actuó como si no hubiera escuchado la incongruencia.
Con el pulgar libre, le acarició suavemente la línea de la mandíbula. Era un toque posesivo, lleno de una intensidad que bordeaba la agresión, pero escondía una ternura desesperada y reprimida. Cuando eran niños, su protector, Cesi, siempre había sido cariñoso, pero jamás la había tocado con esa intensidad intimidante. Eliana se quedó sin aliento, incapaz de apartar la mirada de él.
El tiempo parecía haberse congelado en esa postura comprometedora, hasta que una voz rompió el silencio a sus espaldas:
—¡Señorita Lamas! Olvidó su bolso.
Ambos reaccionaron como si hubieran despertado de un trance y se separaron bruscamente.
Eliana retiró su mano y dio un paso hacia atrás. A la luz de la luna, sus mejillas estaban teñidas de un sonrojo indiscutible. César también recuperó su habitual máscara de frialdad, aunque la tormenta en sus ojos tardó un poco más en disiparse.


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