Al día siguiente, en la mansión de los Guerrero.
La propiedad era una majestuosa finca de arquitectura clásica, con jardines internos, rocas ornamentales y fuentes de agua. Tras cruzar el pasillo principal, llegaron a la sala de recepción.
Don Octavio Guerrero estaba sentado con autoridad en una pesada silla de madera tallada. Tenía el cabello completamente blanco, pero su rostro conservaba un tono saludable y sus ojos brillaban con una agudeza intimidante. Su mirada pasó rápidamente sobre el Maestro Dario y se clavó de lleno en Eliana, analizándola de pies a cabeza. Al instante, frunció el ceño con profunda desaprobación.
—Dario —la voz del viejo resonó fuerte, cargada de un pesado disgusto—, ¿me estás tomando el pelo? ¿Esta es la famosa prodigio de la restauración de la que tanto hablas? ¿Qué va a saber hacer una muchachita como esta? Francamente, prefiero al muchacho de la vez pasada. Su técnica era mediocre, pero al menos lograba cumplir a medias con mis exigencias.
El «muchacho» al que se refería era, por supuesto, Fabián.
—Mi pintura, «Visita de Otoño en la Sierra», es una reliquia que ha pasado de generación en generación en mi familia. Su valor no es el de un cuadro cualquiera. Para los Guerrero, esta restauración es un asunto de vital importancia. Con suerte, esta niña servirá para pasarte las herramientas o mezclar un poco de pintura, pero jamás dejaría que toque el lienzo.
El Maestro Dario esbozó una sonrisa paciente:
—Don Octavio, creo que me malinterpreta. No la traje para que me pase las herramientas.
El anciano relajó un poco los hombros. Era lógico. Sabía que Dario no sería tan imprudente. Seguro la había traído solo como observadora para que aprendiera. Pero antes de que pudiera terminar de tranquilizarse, Dario soltó la bomba:
—Ella se encargará de toda la restauración personalmente.
—¡Cof, cof, cof...! —Don Octavio se atragantó con su propia saliva.
Dario dio un paso al frente para calmarlo:
—Don Octavio, confíe en mí solo esta vez. El daño que tiene esa obra no lo puede arreglar cualquiera. Créame, Eliana es la única que puede hacerlo.
Don Octavio soltó un resoplido indignado y estaba a punto de gritarle, cuando Eliana dio medio paso hacia adelante y se inclinó ligeramente, con un porte impecable.


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