«Dejen el talento para después. ¡Escuché que este año hay puros participantes guapísimos! ¡Yo solo quiero ver gente atractiva!»
Eliana estaba en el taller cuando vio la notificación en su celular. Tenía las manos manchadas de pintura y estaba inclinada sobre el fregadero lavando sus pinceles.
Exprimió la última gota de color de las cerdas bajo el agua, sacudió el pincel con fuerza para quitarle la humedad y luego lo peinó meticulosamente antes de dejarlo secar en el estante. Solo cuando terminó todo el proceso, se secó las manos con una toalla y tomó su teléfono.
Fabián abrió la puerta, dejando entrar una corriente de aire frío.
—¿Ya te inscribiste? —preguntó él.
—Sí —asintió Eliana.
—¿Con qué obra vas a competir en la primera ronda?
—Con «Lonely Me».
Al escuchar el título, una sombra de comprensión cruzó el rostro de Fabián.
—Es una excelente elección.
Eliana había pintado «Lonely Me» cuando tenía dieciséis años.
Fue en la época en que su «hermano Cesi» —no, César de Soto— desapareció de su mundo sin previo aviso y sin dejar rastro.
Ella lo había llamado como loca, le envió decenas de mensajes. Nunca hubo respuesta.
Esperó durante mucho tiempo, sintiendo cómo la esperanza se apagaba día con día. Llegó a pensar que algo terrible le había pasado y la consumía la angustia. Hasta que un día, la ventana de chat que llevaba meses en silencio, se iluminó de pronto.
Eliana la abrió desesperada. El mensaje que apareció en la pantalla estaba escrito con la frialdad implacable que ahora caracterizaba a César de Soto:


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