Regina siempre había mirado a Esther por encima del hombro. En el pasado, Esther era solo una niña mimada, caprichosa e ignorante, que vivía bajo la sombra protectora de su hermano, Ricardo Garza. En la universidad, además, contaba con la devoción ciega de Manuel. Regina nunca había entendido cómo un hombre tan brillante como Manuel Romano podía ser tan estúpido en el amor.
Pero ver a Esther con esa actitud sumisa y halagadora le pareció agradable. Definitivamente, la chica había aprendido a comportarse.
Sacó su celular, abrió la lista y empezó a criticar a los participantes al azar.
—Esta de aquí es un chiste. Entró porque su papá donó un par de millones al evento.
—A este le doy un pase raspando, pero le falta mucho para llegar a mi nivel. Se esfuerza, sí, pero el talento no se compra.
Esther asentía con entusiasmo a cada comentario. De pronto, deslizó el dedo y señaló un nombre en la esquina inferior de la pantalla:
—Oye... ¿y esta qué tal?
Era el nombre de Eliana Lamas.
Regina se detuvo. Levantó la vista hacia Esther y su tono se volvió inquisitivo:
—¿La conoces?
La pregunta no parecía casual; daba la impresión de que Esther la había estado buscando a propósito.
Esther negó con la cabeza de inmediato, luciendo la sonrisa más inocente del mundo:
—Para nada. Solo había escuchado por ahí que era muy buena.
Esther sabía perfectamente lo que hacía. Había clavado el cuchillo justo en la mayor inseguridad de Regina. La heredera de los Guerrero era competitiva hasta la enfermedad. A lo largo de los años, Regina había recurrido a las tácticas más sucias e inmorales para asegurarse puestos, becas y reconocimientos estudiantiles. Siempre había escalado pisoteando a los demás.
Precisamente por eso, era paranoica ante cualquier amenaza potencial. Con el simple hecho de dejar caer que Eliana era «muy buena», Regina, por pura precaución, se encargaría de buscar la manera de destruirla antes de que se volviera un problema.
Regina soltó un bufido despectivo:
—Nunca la había escuchado nombrar. Si de verdad tuviera talento, su nombre ya sonaría en los círculos importantes.
Aunque sus palabras sonaban arrogantes, la mano de Regina se aferró con más fuerza al celular. Esther captó ese ligerísimo gesto de tensión y una chispa de maldad cruzó por su mirada.
Levantó su copa y brindó suavemente con Regina, cambiando el tema de manera natural.


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