En aquellos días, Esther había comenzado a sufrir de malestares por el embarazo; se sentía indispuesta y emocionalmente inestable. Manuel había pasado todo ese tiempo haciéndole compañía en su departamento, al punto de trasladar su trabajo allí.
Al atar los cabos, Manuel no lo pensó dos veces: agarró las llaves de su auto y salió a toda prisa.
En la suite del hotel donde se alojaba Esther, la luz era tenue y cálida. Ella estaba recostada en el sofá hojeando una revista. Al ver entrar a Manuel, sus ojos se iluminaron:
—¡Manuel! ¿Qué milagro que vienes a esta hora?
Pero, lejos de su habitual tono afectuoso, el hombre fue directo al grano, con voz dura:
—La notificación del tribunal sobre la mediación de divorcio... ¿tú la viste?
La sonrisa de Esther se congeló por una fracción de segundo. Rápidamente bajó la mirada, fingiendo confusión:
—¿Cuál notificación?
Manuel se le quedó viendo fijamente, sin decir una palabra.
Él conocía a Esther mejor que nadie. Era la chica que había protegido durante años; con solo verla fruncir el ceño sabía si algo le dolía. Y esa expresión... sabía perfectamente que le estaba ocultando algo.
Tras unos agónicos segundos, como si el peso de la culpa fuera insoportable, Esther murmuró con un hilo de voz:
—...Sí, la vi.
Levantó el rostro. Tenía los ojos enrojecidos, pero se contuvo de llorar para parecer más vulnerable:
—Solo... no quería que la vieras. Eliana no tiene ningún respeto por tus sentimientos. Llegar al extremo de iniciar un proceso legal a tus espaldas... ¿en qué posición te deja a ti y a la familia Romano?
Su tono se volvió quejumbroso y dulce:
—Además, me aterraba pensar en lo mal que te sentirías al leer un mensaje así.
Manuel cerró los ojos y respiró hondo.
—No tienes derecho a tomar decisiones por mí.
Esther bajó la cabeza de inmediato:
—Perdóname.
Se acercó a él despacio, con actitud sumisa:
—Es solo que te amo demasiado.
Manuel no la apartó, dejando que ella apoyara la cabeza contra su pecho.

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