Mientras tanto, Ricardo contemplaba a su hermana menor con una mirada llena de afecto. Tras haber superado tantas adversidades y estando ahora a punto de convertirse en madre, sentía que ella verdaderamente había madurado.
—Esther, cuando te aburras de estar en el hotel, regresa a casa —le dijo con suavidad.
***
El tiempo voló y llegó el día de la primera audiencia de mediación.
En las frías mañanas de invierno en Valdemar, el amanecer siempre se retrasaba. Cuando Eliana llegó al Tribunal Superior, el cielo apenas comenzaba a clarear.
Se sentó en una de las bancas de madera del pasillo, con su elegante abrigo descansando sobre las rodillas, envolviendo con ambas manos un café caliente para resguardarse del frío.
Carmen Vargas cerró su portafolio de cuero y miró su reloj.
—Son las nueve en punto. Según el protocolo, él ya debería estar aquí.
Eliana asintió sin alterarse.
—Esperemos un poco más.
La puerta de la sala de mediación estaba abierta. De vez en cuando, el mediador oficial levantaba la vista hacia el pasillo y luego volvía a bajar la cabeza para tomar notas.
Pasaron diez minutos.
Pasó media hora.
En el largo y frío pasillo, seguían siendo las únicas dos personas.
Carmen se inclinó y bajó la voz.
—Si la otra parte no se presenta, la primera audiencia se declara legalmente como un fracaso.
—Entiendo —respondió Eliana, asintiendo suavemente—. Ya veo.
Su tono era escalofriantemente tranquilo. Demasiado tranquilo para alguien que estaba a punto de ponerle fin a tres años de matrimonio.
Transcurrió casi una hora más.
Finalmente, el mediador se levantó y salió de la sala.
—El señor Manuel Romano no se presentó y tampoco notificó su ausencia. Acabamos de intentar contactarlo, pero no hubo respuesta. Queda registrado el fracaso de esta primera mediación.
Hizo una pausa institucional y agregó:
—El sistema del tribunal enviará un mensaje de texto automático a ambas partes notificando la resolución.
Carmen asintió profesionalmente.
—Comprendido. Queremos solicitar la segunda mediación.


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