—¡¿Qué?! —Esther no pudo evitar soltar un grito agudo. Aunque el que pagaba era Manuel, cuando ella se casara con él, ¡todo ese dinero sería suyo!
—¿Cinco millones? —Manuel soltó una carcajada sarcástica, negándose a creerlo—. ¿Una simple artista principiante pidiendo esa cantidad?
El tono de Eliana fue tajante: —Si la quieren, ese es su valor. ¿Qué pasa, señor y señora Romano? ¿No me digan que ni siquiera tienen cinco millones a la mano?
Ella lo había escuchado todo. Desde que pusieron un pie en la exposición, no se le escapó ni una sola de las veces que la gente llamó a Esther "señora Romano" con total naturalidad. Y tampoco se le escapó el hecho de que Manuel no hizo el menor intento por corregirlos.
Durante tres años de matrimonio, aparte de su círculo más íntimo de amigos, Manuel jamás la había presentado en público en ningún evento importante. Con razón nadie en la alta sociedad conocía el rostro de su verdadera esposa.
Por un fugaz instante, una chispa de culpa cruzó el rostro de Manuel. —Eliana... —empezó, bajando el tono de voz—, escúchame.
Pero Esther intervino en el momento justo, calculando cada palabra: —Eliana, no... no vayas a malinterpretar las cosas. Como la gente nos vio llegar juntos, asumieron que yo era la señora de Romano. Pero te aseguro que... yo jamás confirmé nada.
Eliana sonrió con frialdad: —Tal vez no lo confirmaste, pero tampoco lo negaste.
—Yo... —Esther se mordió el labio inferior—. Puedo salir ahora mismo y aclararlo todo frente a la gente, Eliana.
Tomó aire, como si estuviera a punto de tomar una decisión dolorosa, adoptando un tono de completa inocencia y sumisión: —Sé que Manuel y yo tuvimos un pasado... Pero eso ya quedó atrás. Ahora él está casado contigo, y te juro que no tengo la más mínima intención de meterme entre ustedes dos.
Se humillaba con cada palabra, jugando a la perfección su papel de víctima.
Hizo una pausa y, como si una preocupación genuina la asaltara, su rostro se llenó de aflicción: —El problema es que... este lugar está repleto de gente importante. Si salgo a dar explicaciones de la nada, temo que empiecen a inventar rumores sobre nosotros tres.
Dejó que su mirada se posara en Eliana por un segundo, y su tono de voz se mantuvo dócil: —Especialmente considerando que... tú estás aquí trabajando.


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