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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 365

Había pescado un resfriado hace unos días y, debido a su avanzada edad, llevaba confinada en cama soportando el malestar. Su figura lucía mucho más frágil y delgada de lo habitual.

Durante esos días, la señora Romano había estado ida, consumida por la angustia de la esterilidad de Manuel. Ni hablar de Esther; dominaba el arte de fingir preocupación, pero cuando se trataba de ayudar de verdad, ponía como excusa su embarazo para quejarse de cualquier dolencia imaginaria.

Aunque los criados acudían a la primera llamada, el cuidado nunca era lo suficientemente atento. O el agua estaba hirviendo, o al darle la medicina, la cuchara terminaba lastimándole la boca.

Si tan solo Eliana siguiera aquí...

La mirada de la abuela recorrió los rostros de todos en la sala hasta detenerse en las facciones demacradas de Manuel. Reprimió el nudo de tristeza que amenazaba con subirle por la garganta.

Si Eliana siguiera en la casa, se habría quedado despierta día y noche a su lado. Era una joven tan detallista... siempre atenta a cada cambio en su salud, capaz de ofrecerle un vaso de agua tibia antes de que siquiera mencionara tener sed. Le cocinaba todas sus comidas, bajas en grasa y sal, con la nutrición perfecta para una pronta recuperación.

Pero, irónicamente, desde que Esther se había instalado, apenas habían pasado dos semanas y ya había provocado dos escándalos monumentales.

Al ver a su nuera y a su nieto, la abuela Romano negó con la cabeza; ambos estaban completamente cegados y perdidos en su propia ignorancia.

—Suegra... esta mujer arruinó la vida de Manuel. Lo destrozó... —La señora Romano, al ver a la matriarca como su última ancla de cordura, no pudo contenerse y rompió a llorar.

La anciana lanzó una mirada cargada de repulsión hacia Esther.

Sabía perfectamente que ella era la culpable de todo, pero en el fondo también reconocía que había sido su propio nieto quien, durante tantos años, había movido cielo y tierra para traerla de vuelta. Durante la última década, había sido testigo de cómo Manuel la trataba como si estuviera bajo un embrujo, poniéndola en un pedestal de cristal. Cuánto dinero y sudor había derrochado por ella.

Había albergado la esperanza de que, al casarse con Eliana, su nieto por fin sentara cabeza. Jamás imaginó que las cosas terminarían desmoronándose hasta llegar a este punto.

La abuela, que comprendía la situación con la claridad que solo otorgan los años, sabía que ahora solo les quedaba tragarse ese trago amargo.

Cerró los ojos con pesadez y sentenció: —Ya que el niño que lleva en el vientre tiene la sangre de los Romano, que se quede y lleve su embarazo en paz.

Y con eso, puso fin a aquel circo. Todos se retiraron en silencio.

Tras un día agotador, Manuel, exhausto hasta la médula, decidió pasar la noche en la mansión.

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