—Esto...
Manuel cerró los ojos y la soltó con un gesto de repugnancia, como si acabara de tirar basura. Completamente exhausto y sin abrir los ojos, ordenó con frialdad:
—Estoy cansado. Lárgate.
En ese instante, Esther, como si hiciera un truco de magia, sacó un termo de la nada.
—Manuel, descansa por favor. Pero tienes que tomarte esta sopa, tu madre la preparó con mucho esfuerzo. Espero que te recuperes pronto.
—¡Que te largues!
En un ángulo donde ni Manuel ni su madre podían verla, Esther bajó la mirada, deslizó disimuladamente la mano en su bolsillo, tocando un frasco con un líquido incoloro, y una sonrisa perversa se dibujó en sus labios.
Al salir de la habitación, Esther se dirigió a la señora Romano con tono servicial:
—Señora, venir hasta el hospital debe ser muy agotador para usted. ¿Qué le parece si a partir de hoy me encargo yo de cuidar a Manuel todos los días? La mantendré informada de su recuperación en todo momento. ¿Le parece bien? —Esther fue muy cuidadosa con sus palabras, sin mencionar sus verdaderas intenciones de casarse e integrarse a la familia.
Al ver lo dócil que se mostraba, y recordando lo sucedido antes, la señora Romano sintió que Esther le caía un poco mejor. Asintió, dándole su aprobación:
—De acuerdo. Me reportarás todo diariamente. —Lanzó un último suspiro hacia la habitación de su hijo y se marchó.
Esther se quedó sola en el pasillo, pero en cuestión de segundos, los guardaespaldas de Manuel la rodearon. Ella sabía perfectamente lo que eso significaba, así que sonrió con descaro.
—No voy a ir a ningún lado. Ya lo escucharon, la señora me encargó que viniera a cuidar a Manuel todos los días.
Los hombres se miraron entre sí. El líder del grupo asintió levemente, decidiendo dejar solo a uno para vigilarla de cerca.
Mientras no intentara escapar, el jefe no tendría motivos para reprenderlos.
Por la tarde, Manuel vio entrar a Esther con la sopa. Con expresión glacial, se obligó a beberla. A esas alturas, apenas y podía mantenerse en pie, pero su terquedad era mayor.
Ignorando por completo las advertencias de los médicos, exigió el alta hospitalaria. Hizo llamar a su secretario, se puso un impecable abrigo negro de lana y salió de la habitación con el rostro pálido como el papel. Antes de marcharse, les ordenó a sus hombres que mantuvieran a Esther estrictamente vigilada. Cuando resolviera el asunto más importante de su vida, volvería para ajustar cuentas definitivas con ella.
Su primer destino fue la residencia de la familia Guerrero, pero le informaron que Eliana no estaba allí.

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