Ella siempre había sido así. Necesitaba que todo estuviera meticulosamente planeado, y eso incluía la maternidad.
En ese momento, un bebé no formaba parte de sus planes. Si su aparición iba a alterar todo por lo que había luchado, la opción más lógica y fría era cortar esa posibilidad de raíz.
Sin embargo, aunque la decisión ya estaba tomada, sentía un dolor sordo y constante oprimiéndole el pecho.
Actualmente no tenía familia. Si ese bebé nacía, sería la única persona en todo el mundo con la que compartiría un lazo de sangre. No podía ni imaginar la inmensa felicidad que eso le traería. Sería su verdadera familia, lo amaría con locura y le entregaría el mundo entero.
No. No podía ser. No era el momento adecuado.
Los pensamientos contradictorios la desgarraban por dentro.
Hasta que, sin previo aviso, unas gruesas lágrimas comenzaron a caer sobre el dorso de sus manos.
—¡Amiga! ¿Qué te pasa? —exclamó Valeria Ferrer al abrir la puerta.
Lo primero que vio fue a Eliana acurrucada en un rincón, con la cabeza escondida entre las rodillas, temblando en un llanto silencioso.
Cuando Pedro la dejó en el departamento, Eliana había llamado a Val. En ese preciso instante, necesitaba a su mejor amiga a su lado para que fuera su soporte emocional.
Val había dejado todo y corrido hacia allá. Ingresó la contraseña y se encontró con esa escena desoladora.
Se apresuró a abrazarla con fuerza, con el corazón encogido por verla así.
—¿Qué pasó? ¿Alguien te lastimó? Dime quién fue y juro que te vengo.
En la mente de Val, Eliana siempre había sido una mujer fuerte y decidida. Había superado situaciones imposibles. La última vez que la había visto llorar con esa intensidad fue cuando su padre enfermó gravemente.
El llanto de Eliana siempre era silencioso, contenido, como si estuviera luchando para no romperse por completo, lo que lo hacía aún más doloroso de presenciar.
Al ver a su amiga, Eliana se puso de pie rápidamente y se secó las lágrimas torpemente. Le parecía hasta irónico: aún ni siquiera sabía con certeza si estaba embarazada, y ya estaba llorando a mares por la idea de interrumpirlo. ¿En qué momento se había vuelto tan sentimental?


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