Antes, su descuido había causado que la perdieran de vista, y ahora quería redimirse mientras aún hubiera tiempo.
La señora Romano miró a Esther con franca aprobación, y la expresión de impotencia y humillación que tenía antes se transformó en una sonrisa victoriosa.
Eliana guardó silencio. Todo lo que había dicho Esther era una manipulación barata, excepto una cosa: era cierto que Manuel la había salvado, sin importar los motivos. Sin embargo, el que la hubiera salvado era un tema, y sus sentimientos eran otro muy distinto.
No importaba lo confundida que estuviera respecto a Manuel, nada iba a cambiar la decisión que ya había tomado. No sentía el menor afecto por él, e incluso preferiría no volver a cruzarse con él por el resto de su vida. Además, Manuel le había robado a su padre el cupo del ensayo clínico para el cáncer. ¿Quién le debía a quién? Las cuentas entre ellos eran imposibles de saldar.
Tras ordenar esos pensamientos rápidamente, Eliana finalmente habló.
—Muy bien, es un discurso muy lógico. —Para sorpresa de todos, Eliana no parecía enojada; incluso dejó escapar una leve risa. Realmente admiraba la habilidad de Esther para voltear las cosas a su favor. No tenía intención de debatir con ella, porque sabía que, en cuanto entrara en ese juego, caería en la trampa de intentar justificarse—. Ya que lo plantearon así, les tengo una propuesta.
—Sigo creyendo que debemos llamar a la policía. Ya que te sientes tan maltratada, involucrar a las autoridades es la solución perfecta. Si no, ¿cómo van a conseguir que se haga justicia por toda esta persecución que sienten sufrir?
La situación volvía al punto de partida.
Esther y la señora Romano intercambiaron miradas desconcertadas. La sonrisa triunfal en el rostro de la mujer mayor se congeló en una mueca incómoda.
Esther se mordió el labio. No esperaba que Eliana fuera tan obstinada. Para quedar bien con la señora Romano y apaciguar las cosas, no tuvo más remedio que apretar los dientes y forzar una sonrisa conciliadora:
—Eliana, ¿qué estás diciendo? Por algo tan pequeño no vale la pena desperdiciar recursos policiales. Me disculpo, todo fue mi culpa. —Habló con la voz más dulce posible, abandonando cualquier doble sentido.
Al ver que Eliana seguía en silencio y sin responder, Esther tomó una decisión extrema. Cerró los ojos y, con fuerza, se propinó a sí misma una sonora cachetada. El golpe fue tan contundente que su mejilla se inflamó al instante:

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