—Manuel sigue en el quirófano, ¿de verdad vas a llevar las cosas a este extremo?
Resultaba irónico que alguien como la señora Romano acusara a otra persona de llevar las cosas al «extremo». Era evidente que los años como matriarca de una familia poderosa le habían forjado una arrogancia sin límites.
—Si no quieres que llame a la policía, tengo una condición —dijo Eliana sin prisa.
—¿Qué condición? ¿Quieres dinero? —Al creer que había descifrado la intención de Eliana, la señora Romano recuperó la compostura y su mirada se llenó nuevamente de desprecio. ¿Esa era la mujer por la que su hijo perdía la cabeza? Se aseguraría de que Manuel viera lo ambiciosa que era en realidad.
—Me diste una bofetada. Si no te la devolví, fue solo por respeto a tu edad —esa primera frase de Eliana le dio justo en la herida.
El rostro de la señora Romano se desfiguró; la palabra «edad» era su mayor tabú. Siempre se jactaba de conservarse tan bien que aparentaba tener diez años menos.
—Pero quiero una disculpa —concluyó Eliana, con la mirada gélida.
—¡Tú...! —hirvió de furia la mujer. Acostumbrada a que todo el mundo le rindiera pleitesía, ¿cuándo había tenido que agachar la cabeza ante alguien? Y mucho menos ante Eliana, a quien siempre había menospreciado.
Eliana le hizo un leve gesto con la barbilla a Pedro, dejando claro su mensaje: si no había disculpa, procedían a llamar a la policía.
La señora Romano respiró hondo y, justo cuando intentaba murmurar algo a regañadientes para salir del paso...
—Espera —dijo Eliana, tomando con toda calma el celular de Pedro. Activó la cámara y le apuntó directamente al rostro de su ex suegra—. Listo. Adelante.
Luego añadió:

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