Parecía que recibieron una respuesta afirmativa del otro lado. El hombre le creyó casi todo el cuento a Eliana y su tono se suavizó bastante:
—Muchacha, la verdad me da lástima lo que te pasó, pero por ahora no te puedo soltar. Tenemos que esperar a que el jefe lo confirme.
¿El jefe? Tal como sospechaba, estaban recibiendo órdenes. Las alarmas sonaron en la cabeza de Eliana: ¿quién era el jefe que movía los hilos?
—Si su plan es hacerle pagar a Manuel, cuenten conmigo. Yo también quiero ver sufrir a ese desgraciado. ¿Cuánto van a pedir de rescate? Déjenme ir calculando si podemos dejar a ese infeliz en la bancarrota —preguntó Eliana, tanteando el terreno para averiguar sus verdaderas intenciones.
Sin embargo, el hombre cerró la boca por completo.
Eliana suspiró frustrada. ¡Eran imposibles de sonsacar!
De repente, el vehículo se sacudió violentamente, seguido de un estruendo ensordecedor en la parte trasera. El auto perdió el control, se salió de la vía y cayó directo por la ladera hacia la zanja. Afortunadamente, el borde de la carretera era de tierra blanda y la caída no fue letal, pero el impacto de la volcadura hizo que a Eliana le diera un ataque de vértigo.
Nadie en el coche resultó gravemente herido. Cuando los secuestradores lograron salir furiosos a revisar qué había pasado, se encontraron con cuatro camionetas negras estacionadas detrás de ellos, de las cuales descendieron una docena de guardaespaldas. Y en primera fila estaba un Manuel con el rostro sombrío y el corazón latiendo a mil por hora.
Por suerte, había llegado a tiempo. ¡Logró interceptarlos antes de que salieran de la ciudad!
Al ver el panorama, los secuestradores entendieron que no había forma de salir ilesos. El líder agarró a Eliana del interior del auto, la sujetó contra sí y sacó una pequeña navaja de su cinturón, apoyando el filo letal contra su cuello. Los secuestradores del otro vehículo hicieron exactamente lo mismo, usando a Esther como rehén.
Las pupilas de Manuel se contrajeron y su voz resonó gélida:
—¿Saben quién soy? ¿Atreverse a tocar a mi gente es porque ya no quieren vivir? Les aseguro que jamás saldrán de Valdemar.
Eliana tenía el cabello despeinado y pegado al rostro. Su piel pálida mostraba unos rasguños superficiales. Sus manos y pies seguían firmemente atados, dejándola completamente inmovilizada.
El corazón de Manuel se sintió como si lo estuvieran perforando con agujas.
El hombre que había ido de copiloto parecía ser el líder del grupo.
Al ver a Manuel, esbozó una media sonrisa:



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