Pero lo que Manuel no imaginaba era que Esther rezaba para que él no volviera a casa, dejándole el terreno libre para cumplir el encargo de Regina. Aprovechando las horas en las que se suponía que limpiaba, Esther inspeccionaba sigilosamente la propiedad. Como el personal de servicio ya la conocía de antes, su actitud sumisa terminó por relajar las defensas de los empleados; pensaron que solo estaba allí para rogar por el amor del jefe.
La única excepción era Elena, quien siempre la fulminaba con la mirada.
Esa misma tarde, mientras sus guardias estaban distraídos, Esther puso la excusa de ir por artículos de limpieza y se deslizó sigilosamente dentro de la bodega. Echó un rápido vistazo y sus ojos se clavaron en una vieja caja de madera. Estaba sin candado y se veía muy común.
Miró a su alrededor. Al confirmar que no había nadie, la abrió rápidamente. ¡Un enorme fajo de dibujos quedó al descubierto!
Debían ser los bocetos de los que hablaba Regina. Esther no entendía nada de arte ni le importaba el supuesto plagio; su único trabajo era tomar fotografías de cada página y enviárselas a su cómplice.
Escondió la caja, corrió al cuarto de invitados y fotografió los bocetos uno por uno. Minutos después, volvió a la bodega para dejar todo exactamente como lo había encontrado.
—¿Qué estás haciendo?— Una voz seca y penetrante retumbó detrás de ella, haciéndola saltar del susto.
Al voltear, se topó con los ojos cargados de veneno de Elena.
Esther se alisó la ropa para ganar tiempo, escondiendo el pánico: —Vi que esta bodega era un desastre, así que quise ayudar a ordenar un poco. No sé cómo pueden mantener esta casa siendo tantos empleados. Tienen la mansión hecha un asco. Me da lástima ver que Manuel no cuenta con nadie competente.
Elena, escuchando cómo Esther intentaba sonar como la dueña y señora preocupada por Manuel, ignoró por completo los insultos hacia su trabajo.
Cuando la señora Eliana vivía allí, todo era perfección absoluta. La casa siempre olía a flores frescas, la decoración cambiaba de forma espectacular con cada estación, e incluso el limonero del jardín trasero lo había plantado ella misma. Todo en esa casa estaba impregnado de la dedicación de Eliana.


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