El rostro de Manuel palideció al escuchar que Eliana mencionaba el tema. A pesar de haber borrado la publicación rápido, ella ya lo sabía.
Cuando cruzó las puertas de la mansión Guerrero y sintió el viento helado golpear su rostro, el frío pareció filtrarse hasta sus huesos.
Su celular vibró; era la abuela Romano. —Manuel, cariño, ¿ya le mencionaste a Eliana lo de venir a la cena de Fin de Año?
—Abuela, yo...—, balbuceó, incapaz de decir la verdad. La actitud de Eliana hacia él volvía a ser como un muro de hielo sólido, apartándolo cada vez más. No tenía valor para confesarle a su abuela que Eliana ahora lo miraba como a un completo extraño.
—Aún no se lo digo, pero estoy seguro de que aceptará—, respondió con la voz rasposa, soltando una mentira que ni él mismo creía.
Al colgar, Manuel se quedó parado en medio de la ventisca, con la mirada perdida. ¿De verdad Eliana aceptaría?
Mientras tanto, del otro lado de la línea, la madre de Manuel se quejó en cuanto la abuela colgó el teléfono: —Mamá, ¿por qué insistes en invitar a Eliana para la cena? ¿No ves lo destrozado que tiene a mi niño últimamente? Pensé que se moriría de ganas por el divorcio, pero resulta que solo estaba haciéndose la difícil.
Había notado cómo Manuel parecía un alma en pena por culpa de Eliana. Además, la fusión empresarial ya se había completado; ya no necesitaban de ella para nada.
La abuela Romano le lanzó una mirada gélida. —Acaba de recibir un honor a nivel nacional. Tiene los ojos de todo el país encima. Si se enteran de que se divorciaron, el público pensará que somos unos idiotas incapaces de valorar el talento.
—Pero solo ganó un premio de pintura o algo así. ¿Qué tiene de grandioso?—, murmuró la señora Romano. Para ella, el mayor triunfo de una mujer era ser una esposa de la alta sociedad.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada