—De acuerdo —murmuró César, girándose por última vez para mirar a Eliana.
Al pensar en cómo la muy tramposa había asegurado con tanta convicción "estoy soltera", no sabía si enfurecerse o reírse. Se enojaba consigo mismo por no haber podido resistirse y haber dado ese paso cuando las cosas entre ellos aún no estaban claras.
Pero ahora que había cruzado esa línea, no había vuelta atrás.
—¿Hay noticias de Manuel Romano? —preguntó de repente. Solo de pensar en ese marido irresponsable, una oleada de ira le invadía el pecho.
Luis, con una expresión peculiar en el rostro, se acercó a su jefe y le susurró algo al oído.
Resulta que, cuando el gerente revisó las cámaras de seguridad, también descubrieron a Manuel entrando en otra habitación con Esther Garza.
—El lobo pierde el pelo pero no las mañas —resopló César con profundo desprecio.
Aunque deseaba con todas sus fuerzas que Eliana se divorciara, no soportaba la idea de que alguien pisoteara su dignidad de esa manera. Ella merecía lo mejor de este mundo.
—Dile a Pedro que, de ahora en adelante, no deje que Manuel se le acerque. —Después de la noche anterior, César jamás volvería a dejarla ir.
***
Un par de horas más tarde, Eliana despertó.
Sentía el cuerpo destrozado, como si le hubiera pasado un camión por encima, y un dolor de cabeza punzante le taladraba las sienes.
Intentó recordar fragmentos de la noche. Recordaba a Damián Salazar y cómo él le había mencionado a su madre... Al fin tenía una pista real sobre lo que le había sucedido; Damián era su punto de partida.
Pero tampoco podía olvidar el profundo asco y la sensación pegajosa cuando las manos de ese hombre recorrieron su cuerpo.


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