César instintivamente intentó juntar los bordes de la camisa para cubrirse.
—No te muevas —ordenó Eliana. Se sentó de golpe en la cama, apartó la camisa de un tirón y la ajustada camiseta de tirantes negros reveló la magnitud completa de su anatomía.
Fue entonces cuando Eliana pudo ver con claridad. Además del denso entramado de marcas de diversa índole, había una cicatriz especialmente brutal, que pasaba a milímetros de su corazón.
¡Esas heridas definitivamente no las tenía cuando eran niños!
De pronto comprendió todo lo que César había tenido que soportar durante los últimos siete años. Se maldijo a sí misma por no haberlo deducido antes. ¡Debió haberlo sabido!
Asumir el control de un imperio como el Consorcio de Soto nunca fue un camino de rosas.
Sus dedos rozaron con extrema delicadeza aquellas marcas, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Gruesas gotas saladas cayeron pesadamente sobre el pecho de César. Era incapaz de imaginar el infierno por el que había tenido que pasar para sobrevivir.
Para César, esas viejas heridas nunca habían significado gran cosa. Pero al sentir el tacto suave y tembloroso de Eliana, una corriente eléctrica, mezcla de hormigueo y un leve pinchazo de dolor, recorrió las zonas que ella acariciaba. Era como si ese dolor estuviera compensando el vacío de aquellos siete años de ausencia.
—Ya está, no llores, no mires más —murmuró él, conmovido por el genuino dolor de ella, intentando consolarla con voz suave—. Todo eso quedó en el pasado.
Las lágrimas aún brillaban en los ojos de Eliana, ablandando por completo el corazón de César. Para cambiar de tema, carraspeó y dijo con voz ronca: —Además de Pedro, te asignaré un par de guardaespaldas más.
Apenas pronunció esas palabras, el teléfono que reposaba en la mesita de noche comenzó a vibrar con furia. La pantalla iluminada mostraba el nombre de Luis.
Faltaba poco para la medianoche; una llamada a esa hora solo podía significar una cosa: problemas graves.
César frunció el ceño. Le dio unas palmaditas tranquilizadoras a Eliana, la arropó bien con las cobijas y, en silencio, salió al pasillo del hospital antes de contestar. En ese instante, todo rastro de calidez y ternura desapareció de su semblante.
—Jefe, tenemos una emergencia —dijo Luis, con un tono lúgubre y formal. Normalmente lo llamaba "jefe", pero el tono de extrema urgencia indicaba que algo se había quebrado dentro del núcleo del Consorcio de Soto.


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