Apenas había dormido ocho horas en tres días. Tenía ojeras marcadas y su rostro, usualmente lleno de vida, lucía de una palidez alarmante.
—Está lista —dijo con la voz cargada de alivio.
Sobre la mesa, las partes destrozadas de la pintura estaban unidas con una perfección impecable, como si nunca se hubiera roto.
El joven se acercó a paso rápido, pero no miró la obra de inmediato; sus ojos fueron a dar a Eliana. Ella parecía a punto de colapsar. Instintivamente, él levantó las manos para sostenerla, pero al ver que ella se apoyaba firmemente en la mesa, las bajó.
—¿Qué pasa? ¿No estás satisfecho con algo? —preguntó Eliana, extrañada por su silencio.
—No... no es eso —reaccionó el muchacho, bajando la mirada apresuradamente.
Tomó la pintura con una delicadeza extrema, como si cargara el tesoro más grande del mundo. Justo antes de cruzar la puerta, se detuvo y se giró hacia ella con expresión solemne.
—Señorita Lamas, me llamo Camilo Vargas.
---
Eliana salió del estudio. Había dejado de nevar. Aquellos tres días de trabajo inhumano la habían dejado exhausta; lo único que deseaba en ese momento era caer en una cama y dormir hasta perder el conocimiento.
—Eliana.
Al reconocer a la persona frente a ella, sus pasos se detuvieron en seco. Por primera vez, se arrepintió de haberle dado la dirección del estudio a Manuel Romano.
Con la adrenalina esfumándose de su cuerpo, sentía que podía desmayarse en cualquier segundo. Ver a Manuel solo logró que le palpitara la cabeza con más fuerza.
Él llevaba un impecable traje gris oscuro y la miraba con una expresión cargada de ternura. Cualquier otra mujer se habría derretido ante esa imagen, pero no Eliana.
—Fui a buscarte al apartamento estos dos últimos días, pero no estabas, y tampoco respondías a mis mensajes. Supuse que te habías quedado en el estudio —dijo Manuel con voz suave, como si no le importara en absoluto la frialdad de su esposa.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada