Al entrar al estudio, el aire cálido la envolvió de inmediato.
Eliana se quitó el abrigo y lo colgó. Sus dedos dudaron un segundo al tocar su bufanda, pero finalmente la dejó en su lugar; por poco y se la quita por el sofocante calor. En su mente, maldijo a César una vez más.
—Fabián, ¿quién es el joven de la entrada? —preguntó.
—Ah, vino a que le restauremos una pintura. Lleva ahí parado más de una hora —respondió su colega, quien estaba ocupado organizando unos lienzos de pergamino.
—¿Y por qué no le dices que pase a sentarse?
—Ya se lo dije, pero no se quiere ir —Fabián dejó lo que estaba haciendo e hizo una mueca de resignación—. Vino esta mañana. El Maestro Dario y yo ya revisamos su obra. El daño es catastrófico, no tiene arreglo. Y para colmo, aunque pudiéramos hacer un milagro, el costo de la restauración sería el doble del valor de la pintura misma.
»Por eso el Maestro y yo le dijimos que no valía la pena. Nosotros no podemos aceptar ese trabajo —suspiró Fabián.
—Entonces, ¿por qué sigue ahí afuera?
—Dice que necesita vender la pintura para pagar los gastos médicos de un familiar, que es de vida o muerte. Pero ni siquiera tiene dinero para cubrir los materiales de la restauración. Además, aunque el Maestro y yo quisiéramos ayudarlo de corazón, el agujero en el lienzo es enorme. ¡Requeriría un esfuerzo titánico! Ninguno de nosotros puede garantizar un buen resultado.
Eliana miró por la ventana. La figura del joven temblaba bajo el viento helado. Aunque su rostro no mostraba expresión alguna, ella podía sentir su profunda desesperación. Le recordó a sí misma años atrás, esperando en el frío, aferrándose a un milagro.
—Déjame intentarlo —dijo de pronto.
—¿Estás segura? Es un trabajo colosal, te va a exprimir física y mentalmente. Un mínimo error y todo se arruina. Además, ¿no se supone que te estás preparando para la tercera ronda del concurso de arte?
—Estoy segura —respondió Eliana sin titubear.
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