Esta era la primera vez que hablaba de esa manera, y su tono incluso dejaba entrever una ligera expectación.
Desde el otro lado de la línea, Eliana ya había rodado los ojos varias veces. Para conseguir firmar esos papeles de divorcio, sentía que se estaba sacrificando demasiado; a este paso, se convertiría en una santa. Esto no podía seguir así para siempre.
—¡Ay, no podemos permitir que esto afecte la fusión de los Romano! —respondió Eliana en un tono increíblemente considerado y sumiso, tanteando el terreno—. ¿La fusión ya está en su etapa final?
—Sí, estamos en los últimos pasos para firmar el acuerdo. Si todo sale bien, será cuestión de un par de días —respondió Manuel, suavizando aún más su voz. Eliana siempre ponía a la familia Romano primero; ¿cómo había podido ignorarla tanto en el pasado?
Menos mal, Eliana soltó un suspiro de alivio en su mente.
Al terminar esta semana por fin sería libre. Solo rogaba que todo saliera bien.
Sin embargo, era mejor tomar las riendas del asunto por su cuenta.
—Entonces, ¿qué te parece si nos vemos en la mansión de la familia Romano? Después podemos ir a donde quieras a tomar las fotos —sugirió Eliana—. Además, aprovecharé para visitar a la abuela.
Eliana había expuesto un argumento perfecto, por lo que Manuel no tenía ninguna razón para negarse.
—De acuerdo, ¿paso a buscarte ahora mismo?
—No hace falta, yo llegaré por mi cuenta.
Al terminar la llamada, Eliana se arregló un poco y bajó las escaleras. Se había maquillado con colores vibrantes para disimular la fatiga de no haber pegado ojo en toda la noche.
Llevaba el cabello recogido en una coleta alta e impecable, y vestía un elegante vestido negro asimétrico de un solo hombro que realzaba la suavidad y delicadeza de su cuello.
Abajo, la camioneta con el conductor Pedro la esperaba pacientemente a corta distancia.
Cuando llegaron a la mansión de la familia Romano, el auto de lujo de Manuel ya estaba estacionado en el patio delantero.
Eliana se alisó algunos cabellos rebeldes de la frente y contempló la imponente mansión, pero esta vez con una perspectiva muy distinta. A sus ojos, aquel lugar ya no era una jaula de oro asfixiante, sino un edificio más sin mayor importancia.
Al entrar al gran salón, encontró a Manuel acompañando a su madre mientras tomaban té. Al escuchar los pasos, una chispa de asombro brilló en los ojos de Manuel y se levantó para recibirla. La señora Romano, en cambio, se quedó en su asiento y dejó escapar un bufido despectivo.

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